América Latina: un país

       Por Manuel Baldomero Ugarte.

 

América Latina por encima de todo

En el libro que el lector tiene en sus manos, cuyo título La Patria Grande, subraya el sentido general de un intento, seleccionó las paginas más significativas entre los innumerables estudios, artículos y manifiestos lanzados al azar de la lucha sostenida durante veinte años alrededor de un ideal. Indispensable para apreciar la trayectoria de un esfuerzo, estas hojas dispersas forman un volumen coherente, cobran unidad al calor del pensamiento central y dan, en cierto modo término a la dilucidación de un problema que me preparo, sin embargo, a examinar bajo otra faz, en  un libro en preparación cuyo título puedo adelantar desde ahora, La reconstrucción de América.

 

Aunque algunos comentarios se refieren exclusivamente a una republica, se aplican en realidad a todas las naciones del continente y aunque otras tengan en vista todo el continente, se ajustan, con poco esfuerzo, a la situación particular de cada país. Porque, con variantes graduales y a través de perspectivas diferentes se puede comprobar idénticos fenómenos, parecidos dilemas, análogas inclinaciones y armónicas finalidades en las diferentes republicas, que, a pesar de su aislamiento, obedece al ritmo de su atavismo y de su situación en el mundo, dentro de una gravitación y una cosmología independiente de la distancia y de las mismas desavenencias accidentales.

Para las nueva generaciones latinoamericanas, ajenas a las ambiciones directas del poder preocupadas por el porvenir de nuestro grupo y exaltadas por un ideal de resistencia a las influencias extrañas, la expresión “Patria Grande” tiene dos significados geográficamente sirve para designar el conjunto de todas las republicas de tradición y civilización ibérica. Desde el punto de vista cultural, evoca, dentro de cada una  de las divisiones actuales, la elevación de propósitos y la preocupación ampliamente nacionalista.

Si deseamos conquistar para nuestro núcleo la más alta situación posible, tenemos que perseguir los dos empeños a la vez... La Patria grande en el mapa sólo será el resultado de la Patria Grande en la vida cívica. Lejos de asomar antonomía, se afirma compenetración y paralelismo entre el empuje que nos lleva a perseguir la estabilización de nuestras nacionalidades inmediatas y que nos inclina al estrecho enlace entre los pueblos afines.

Combatir en cada país la visión limitada, difundiendo un espíritu ágil que nos vigorice y nos levante hasta la cúspide de las más atrevidas esperanzas y ampliar al mismo tiempo la concepción de nacionalidad integral, abarcando hasta los límites del Nuevo Mundo de habla hispana, en una superiorización de perspectivas políticas y raciales, no es, en realidad, más que mostrarse fiel a la tradición de los iniciadores de la independencia, que no fueron ensimismados parlamentarios o gobernantes prolijos, atentos sólo a predominar localmente sobre otras facciones, sino caudillos de la grandeza general, deseosos de sumar fuerzas paralelas, para culminar en una entidad poderosa, capaz de hacer sentir su acción en el mundo.

Por encima de la política adoptada en la mayoría de nuestras repúblicas, la presencia espiritual de Bolívar y San Martín se hace sentir en el alma de la juventud y en la conciencia del pueblo, provocando reservas ante la imprevisión que, en el orden interno, nos recluye en una ebullición constante y nos induce, en el orden internacional, a las rivalidades más peligrosas.

El problema primordial de América Latina no es el de saber quiénes son los hombres que han de gobernar o cuáles son las regiones que han de ejercer vano predominio, sino el de crear las fuerzas vivientes que valoricen la riqueza y el de asegurarnos la posesión integral y durable de nuestro suelo.

En el campo nacional como en el dominio internacional, urge reaccionar contra los localismos individuales y geográficos. No hay que perseguir la política que favorece el encumbramiento de las personas o de las pequeñas entidades, ni la que ofrece el triunfo a una generación, ni la que anuncia el auge dentro de un radio limitado sino la que, sobre el dolor de nuestros propios sacrificios, asegure el triunfo y la perdurabilidad de la patria.

Nacido en la Argentina, he pensado que mi república, engrandecida en el orden económico por el esfuerzo creado, estaba destinada a magnificarse espiritualmente en América, iniciando desde el Sur una política de coordinación con las repúblicas hermanas. Este libro es reflejo de esa preocupación, a la vez nacional y continental. Hacer que cada una de las naciones hispanoamericanas desarrolle su esfuerzo máximo para elevarse y facilitar la colaboración de todas al calor de un recuerdo y bajo la urgencia de una necesidad tomando como punto de apoyo la zona menos amenazada, me ha parecido el propósito más alto que podían perseguir las nuevas generaciones en marcha hacia la democracia verdadera y hacia la patria final.

Las ideas avanzadas que me han reprochado algunos, el socialismo que, en horas en que la acción se sobrepone al pensamiento, me llevó a militar directamente en las agrupaciones de ese credo, no fueron más que aspectos accidentales o complementarios dentro de esta vasta y profunda inquietud de la patria en formación que, para lograr campo y aire, tenía que evadirse de los egoísmos del nacimiento, de las supervivencias coloniales. En la perspectiva de mis preocupaciones, apareció siempre en primer término el fervor de los destinos de la nación en su conjunto durable e histórico. Así llegue hasta considerar en algunos momentos como secundarias las teorías o los sistemas que se podían emplear para alcanzar el fin superior. El ideal fue: la América Latina por encima de todo, pero la América Latina Grande por la amplitud de sus concepciones, por la elevación de su vida cívica, por la convicción de su unidad.

Para las nuevas generaciones que se levantan gloriosamente con el presentimiento de las realizaciones del porvenir se abre una época de fecunda acción y grandes responsabilidades. Está en juego la orientación, el derrotero, el destino mismo del conjunto hispano. Y es la juventud la que en último resorte debe imponer el rumbo. Sobre ella recae, la misión peligrosa y magnífica de servir de proa en medio de los acontecimientos y en medio de las ideas, de acuerdo con las tres fuerzas que la definen: el desinterés, la audacia y el idealismo.

Nuestras tierras de América esperan el advenimiento de una reconstrucción social, nacional y continental que les dé forma y jerarquía, libertándolas en todos los órdenes de los viejos errores políticos y de las supervivencias coloniales, para hacerles entrar en las nuevas rutas que se abren a la humanidad.

Así, muy nacional y muy moderna, en la realidad de su ser, no en el sonambulismo de las ideas heredadas, podrá realizar la juventud la obra que las necesidades y las esperanzas actuales imponen a los grupos que quieren perdurar y superarse. Al margen del cálculo, de la timidez y del odio, ha de ser esa juventud la fuerza incontaminada que purifica y eleva, sacando inspiraciones de su propia iniciativa, de su propio resplandor.

 

La Doctrina Monroe

El resurgimiento de esperanzas y reivindicaciones es, en la remoción de valores nacionales que caracteriza el momento actual, una consecuencia inmediata de la conflagración que se liquida. Las guerras se han parecido en todo tiempo a la erupción de un volcán; arrojada la lava y aquietado el cráter, quedan los fenómenos derivados, que llegan a veces a modificar en torno la composición geológica, la formación geográfica y hasta la atmósfera misma.

La sacudida mundial que ha determinado el derrumbamiento de algunas naciones y el ocaso de determinadas ideas, debe favorecer la situación de otros países y el nacimiento de tendencias hasta ahora desconocidas, dentro de una nueva cosmología de la política internacional; y hemos de prepararnos a asistir, no sólo en la zona directamente afectada por la guerra, sino en el mundo entero, a la aparición de corrientes y direcciones que no se habían manifestado aún.

Así vemos que se inicia en América en estos momentos una franca reacción contra un estado de cosas establecido desde el año 1820. La Doctrina Monroe, que excluye a Europa de los asuntos de América y deja a los Estados Unidos la fiscalización de la vida y el porvenir de veinte Repúblicas de habla hispana, empieza a encontrar impugnadores, no ya entre los internacionalistas independientes, sino entre los mismos jefes de Estado.

El presidente de Méjico, General Carranza, declaró solemnemente, en un documento público que desconocía la doctrina y rechazaba sus beneficios si es que encierra beneficios, porque veía en ella una forma indirecta de protectorado, y deseaba para el país que gobierna la plena y fundamental autonomía.

Tan enérgica manifestación reviste el carácter de una contradoctrina, puesto que opone a la concepción exclusivista y dominadora del célebre presidente norteamericano una manera de ver más amplia, que abre de nuevo a todos los pueblos la posibilidad de extender su política universalmente

Todo ello deriva de la lógica de las actitudes dentro de los nuevos fenómenos determinados por la guerra. No cabe dudas que si los Estados Unidos hacen oír su voz en los asuntos de Asia y Europa, Europa y Asia pueden hacer oír la suya en las cosas de América, porque en política internacional, como en ajedrez, no hay, en realidad, más principios que los que establece la convención del movimiento de las fichas, que deben tener acción equivalente dentro de la reciprocidad.

Aprovechando la circunstancia y adelantándose a una resolución que pudiera inclinar a la Liga de las Naciones a dar fuerza de ley a fórmulas parciales y desviadas de su primitiva significación. Méjico inicia una reivindicación de derechos hispanoamericanos y llama la atención de las grandes naciones sobre el abandono o la condescendencia que les ha inducido a hacer sentir la acción en el Nuevo Mundo con la ayuda de los Estados Unidos, delegando a menudo en éstos la defensa de sus intereses primordiales.

Hace pocos años, el Gobierno mejicano, en una nota dirigida a Inglaterra, dijo que no se avenía a discutir reclamaciones por intermedio de una tercera potencia, y que teniendo Inglaterra representante ante el Gobierno mejicano, debía tratar directamente la cuestión que le interesaba.

        La entereza con que ese país ha venido encarando los asuntos internacionales en estos últimos tiempos, culmina en una forma concreta, que será apoyada, en cuanto lo permite la situación en que se encuentran, por casi todos lo Gobiernos de la América española, y que alcanzará la aprobación unánime de los pueblos de nuestro origen. Al tomar esta iniciativa, desafiando las dificultades de orden externo e interno que se pueden prever como represalia, tratándose de un país limítrofe con la potencia cuya primacía se discute, la nación azteca ha realizado un acto histórico. La doctrina Monroe es de tal importancia para los Estados Unidos, que aun en medio de las preocupaciones generales impuestas por la solución de la guerra, el Senado de Washington pareció no tener más objetivo que discutir la situación en que ese postulado quedaría en el futuro.

        Para los hispanoamericanos, la doctrina de Monroe es más importante aún. Pudo parecer en los comienzos fórmula adecuada para preservar a todo un continente de una posible vuelta ofensiva del colonialismo; pero se ha transformado en hilo conductor de un daño tan grave como el que se quería evitar.

        Juzgándola hoy por la gradación de sus aplicaciones y la virtud de sus resultados, no es posible dejar de ver en ella el instrumento de una dominación económica y política que sería fatal para la autonomía y el porvenir de las Repúblicas de habla española.

        Si formulara el Japón en Oriente una doctrina parecida, si Inglaterra intentara imponer en Europa una fórmula análoga, nos parecería a todos una incongruencia. ¿Cómo no ha de serlo la pretensión que lleva Estados Unidos a erigirse en gerentes de la vida del Nuevo Mundo, a pesar de la diferencia de raza, idioma, religión y costumbres que los separa de los países de Sudamérica?

        La propuesta de Méjico es una tentativa para rehacer el prestigio de nacionalidades disminuidas por ingerencias incómodas; y como ella puede servir de bandera a la mitad de un continente contra la otra mitad, se puede decir, sea cual fuere el resultado de la comunicación que comentamos, que frente a la doctrina de Monroe ha surgido la doctrina de Méjico. El hecho es de tal magnitud, que basta para llamar la importancia que tiene dentro de la vida americana y dentro de la política internacional.

 

 

        Política Colonial

 

        Cuando las grandes naciones tienden sus brazos de conquista sobre los pueblos indefensos, siempre declaran que sólo aspiraban a favorecer el desarrollo de las comarcas codiciadas.

        Pero, en realidad, bien sabemos todos en qué consiste la civilización que se lleva a las colonias. Los progresos que se implantan sólo son útiles a menudo para la raza dominadora. Se enseña a leer a los indígenas, porque ello puede facilitar algunas de las tareas que el ocupante les impone. Pero la instrucción se limita siempre a lo superficialmente necesario. El maestro olvida cuando puede contribuir a despertar un instinto de independencia. Los misioneros, laicos o religiosos, infunden resignación. Los mercaderes, que en la mayor parte de los casos son los iniciadores de la empresa, engañan y explotan con producto de venta difícil en la metrópoli. La autoridad impone una legislación marcial. Y todo el esfuerzo del pueblo civilizador tiende a mantener en la sujeción a la raza vencida, para poder arrancarle más fácilmente la riqueza que devoran los funcionarios encargados de adormecerla. Si queremos saber en qué se traduce la civilización que ofrecen los conquistadores a los pueblos débiles, interroguemos, en Norteamérica, a las tribus dispersas que sobreviven a la catástrofe; consultemos, en Asia, a los habitantes de la India, diezmados por el hambre; oigamos a cuantos conocen la historia colonial del Mundo.

        Los que argumentan que en ciertos casos puede ser útil guiar y proteger a los pueblos jóvenes, dan forma al sofisma más peligroso. Nada sería más funesto que admitir, aunque sea transitoriamente, la superstición semicientífica de las razas inferiores. Se podría sacar de esa debilidad argumento peligroso hasta para la misma libertad interna de los grandes pueblos. Si admitís que hay grupos nacionales que a causa de su civilización pueden aspirar a conducir ocasionalmente a los otros dirían algunos, tendréis que reconocer que hay clases sociales dignas de guiar a las menos preparadas; y si en el orden internacional toleráis que un pueblo audaz se substituya a la voluntad de un pueblo inexperto, en el orden nacional tendréis que aceptar también la tutela de una clase dominante sobre la muchedumbre desorganizada.

        Desde el comienzo de los siglos ha habido razas y clases sin derecho de ningún género, y éstas han sido explotadas por otras razas o clases más instruidas, más belicosas o más hábiles. No es posible combatir la injusticia de adentro sin condenar la de afuera, o aplaudir la injusticia de afuera sin sancionar la de adentro.