EL MITO DE LA EMISION

 Durante muchísimos años y con énfasis pronunciado en los últimos cincuenta, se nos hizo creer que un aumento en la emisión monetaria, genera en forma automática, un brote inflacionario.

 El Premio Nóbel de economía Milton Friedman sostuvo en la década del ’50 la teoría manifestada en el párrafo anterior cuando expuso su doctrina que lo hizo famoso en el mundo: “El Monetarismo”.  Dicha doctrina, considerada un subproducto directo de la “Teoría Cuantitativa de la Moneda”, expone su postulado mayor en el siguiente axioma: “La cantidad de moneda influye directamente en los precios, de forma tal que, un aumento de dicha cantidad, producirá indefectiblemente un problema inflacionario”.

 Dicha doctrina fue adoptada por casi todo el mundo como una verdad indiscutida e incluso, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, han sido siempre sus firmes cultores y defensores porque servía a sus intereses hegemónicos.

 En la Argentina existieron y existen pensadores en materia económica que han adherido fuertemente a esta doctrina. Podemos citar, entre otros, a Roberto Álemann, Álvaro Alsogaray, José Alfredo Martínez de Hoz  y, en general, salvo honrosas y contadas excepciones, la totalidad de los ministros de economía y presidentes del banco central de los últimos treinta años, quienes en forma sistemática no dudaron en aplicar a pie juntillas la doctrina monetarista y, como consecuencia de tal actitud, propusieron siempre  dos recetas para evitar que la economía enferme de inflación:

            1) La elevación de la tasa de interés para evitar que los poseedores de liquidez tuvieran preferencia por consumir, logrando de esta forma, inmovilizar un porcentaje importante del ingreso en una actividad financiera de alto rendimiento.

            2) Estricto control de la emisión  monetaria para evitar que el supuesto exceso de moneda atacara a los precios, en la creencia de que la inflación procede siempre de una mayor apetencia de dinero por parte de los operadores económicos.

 Para comprender el funcionamiento de estas dos premisas, es necesario introducirnos brevemente en las relaciones que existen entre dos variables económicas: “La Base Monetaria y el Producto Bruto Interno”.

 La base monetaria (BM) se encuentra formada por el dinero que circula habitualmente en el mercado, es el que está en los bolsillos y colchones de la gente y el que se encuentra depositado en los bancos, ya sea por depósitos oficiales o de particulares. Es, en síntesis, un concepto amplio que mide la emisión  monetaria.  El producto bruto interno (PBI), definido en términos comprensibles para todo público, es la suma de todos los valores agregados de los bienes y servicios ofrecidos en el mercado.

 El índice de monetización de la economía es la relación que existe entre la base monetaria y el producto bruto interno.  El resultado de tal indicador surge de la división o cociente que existe entre la base (en el numerador) y el producto (en el denominador), a cuyo resultado se lo deberá multiplicar por cien y nos manifestará el porcentaje de moneda que existe en el país para poder comprar la totalidad de bienes y servicios que se ofrecen en el mismo. Tomemos algunos ejemplos extraídos de los datos del Ministerio de Economía para estudiar su resultado (datos promedios anuales en millones de pesos, los números fueron redondeados para facilitar su comprensión):

                    Fecha                 BM              PBI            % de Monetización

                     1994              15.354           257.440                  6.00

                    1997              13.983           292.859                  5.00

                     2000             13.866           284.204                  5.00

                     2003             41.530           375.909                11.00

                     2004             47.069           447.653                10.50

 Una interpretación de una fecha cualquiera servirá para ayudarnos a razonar. Por ejemplo en el año 2003 el porcentaje hallado fue del 11 %. Ello significa que por cada $ 100.- (pesos cien) de bienes y servicios que se ofrecían en el mercado en ese año, solamente teníamos $ 11.- (pesos once) en nuestra disponibilidad monetaria para poder comprarlo.  El resto, para completar la falta de monetización de la economía, debería ser suplido por la velocidad de circulación del dinero. Este último es un dato que, normalmente, no se publica y de difícil medición, pero lo podemos inferir sin cuantificarlo partiendo de la firme sospecha de que ninguna persona en la Argentina de los últimos treinta años se ha visto decidida a desprenderse fácilmente de su dinero, con lo cual la velocidad de circulación de un mismo billete que cambia de mano en mano es relativamente muy baja.  Ahora bien, si no tenemos cantidad de moneda en el mercado y además la velocidad de circulación de la moneda que existe es baja, ¿como hacemos para poder adquirir los bienes ofrecidos en el mercado?,  la respuesta es que debemos endeudarnos recurriendo a los mercados de capitales, es por ese motivo que a todo ello  debemos sumarle  el agrio condimento de la deuda externa,  ¡No debería sorprendernos que la Argentina viva en una permanente  recesión o cuando menos una depresión económica, con picos de crisis cada 10 o 15 años!.

 ¿Qué enseñanza nos transmiten las cifras expuestas? No hay duda alguna que la Argentina de diferentes épocas se ha caracterizado por una notoria escasez de dinero. La economía de nuestro país es una economía sin moneda y el ejemplo más claro lo tuvimos cuando en la crisis 2001/2002 la falta de moneda debió ser suplida por Lecops, Patacones y otras quince cuasi monedas más, e incluso, en pleno siglo XXI,  tuvimos que volver al trueque, una forma de intercambio propia de organizaciones tribales.

 Ahora bien, a la luz de esta realidad insoslayable ¿podemos seguir pensando, como lo hacía Milton Friedman y sus discípulos que una emisión monetaria en nuestro país puede originar un brote inflacionario? O bien ¿No daría lugar a pensar que, en materia inflacionaria, el postulado de que “cualquier emisión genera inflación” es falso, porque el fenómeno del incremento de precios reconoce otras causas que no son monetarias, sino estructurales (1). 

 No obstante, desde el punto de vista estrictamente monetario, es correcto que la cantidad de dinero puede ser realmente un factor de riesgo inflacionario, cuando en una economía recalentada por la alta velocidad de circulación del dinero se emite en forma tal, que dicha emisión multiplicada por la velocidad de circulación excede los valores del producto bruto interno. Una economía de pleno empleo y de capacidad productiva colmada, bien podría brindarnos este escenario. Ahora bien, si no es eso lo que ha sucedido y sucede normalmente en la Argentina ¿A qué se debe la preocupación de los directivos del banco central en limitar las emisiones monetarias y en incrementar las tasas de interés?

 Quizá una respuesta adecuada sea la alta concentración de una economía totalmente extranjerizada y monopolizada que se encuentra expectante a satisfacer su avidez de dinero, tratando de capturar para sí cualquier incremento de emisión.  Si tal postulado es correcto, entonces la solución no es la limitación de las emisiones que enfrían la economía, produciendo recesión y condenando a los pueblos a la desocupación y al hambre. Tal vez la solución sea una nueva concepción de doctrinas económicas que, aliadas al derecho y sobre la base de un Estado fuerte,  regulen en el país las inversiones extranjeras, dificulten la cartelización de los mercados e intervengan decididamente en las fuertes luchas que originan las pujas distributivas  de las empresas formadoras de precios. Caso contrario, seguiremos atacando (como lo hacemos desde tiempos inmemoriales), a los problemas económicos desde el diagnóstico de los efectos, en lugar de las causas.  Incluso no deberíamos dejar de lado las teorías conspirativas que sostienen que, desde el exterior, organizaciones financieras muy poderosas le ponen impedimentos al desarrollo argentino, para evitar la formación de un gigante económico en el hemisferio sur que escaparía a su dominación y control.

 Decía el tristemente ignoto economista argentino-alemán Silvio Gesell:

 “El dinero es a la economía como la sangre al cuerpo humano”.

  Un organismo sin sangre se debilita y precisa de una transfusión. En igual sentido y  dado que la  economía argentina es una economía sin moneda, necesita también de una transfusión monetaria, so pena de quedar debilitado para siempre.

 Así mismo, es dable afirmar que, un aumento de la tasa de interés lejos de controlar el riesgo inflacionario, en muchos casos produce un retroalimento de tal situación, cuando el mercado, oligopólico y formador de precios como el nuestro,  permite que el elevado costo financiero sea trasladado a los costos de producción y por ende a los precios.  Lo lógico sería, en cambio, una disminución de la tasa de interés, con una programación del crédito desde un ente centralizador, que dirija masas monetarias hacia las actividades industriales que el país necesita desarrollar, para que el incremento de bienes y servicios contrarreste la emisión sin generar inflación (2).

 Para finalizar, podemos comentar cuatro ejemplos extraídos de las páginas del Diario La Nación que ponen en tela de juicio los postulados de la denominada “Teoría Monetarista de Milton Friedman”

 Con fecha 28-06-2004, se publica en página 5, sección 2, el artículo denominado “El Banco de Inglaterra mira de cerca su propia burbuja inmobiliaria”, el cual da cuenta de que un elevado incremento de los precios de los bienes inmobiliarios en Inglaterra pone en serio peligro el nivel de precios del resto de los bienes de la economía y, para evitar ese riesgo, siguiendo los postulados del “monetarismo de Milton Friedman” han aumentado la tasa de interés.  El resultado fue que los precios no solo no disminuyeron, sino que aumentaron. Reproduzco a continuación la frase textual que corrobora este aserto:

 “El banco de Inglaterra elevó su tasa base en un cuarto de punto porcentual, a 3.75% en noviembre (2003)  y a 4%  en febrero (2004).  El problema es que, en vez de enfriarse, el mercado de bienes raíces despegó.  Tras haberse desacelerado a mediados del 2003 debido a las preocupaciones sobre la guerra en Irak, los precios se dispararon, y para mayo ya habían subido un 20 % en comparación con el año anterior”. (sic).  El subrayado es mío.

 Con fecha 10-10-2005, se publica en página 5, sección 2: “La Fed (3), sin pausa, extendería el alza de las tasas”.  En uno de sus párrafos el citado artículo dice con referencia a la economía de los Estados Unidos:

 “Hay fuerzas poderosas que están conteniendo los precios. Una producción más eficiente de bienes y  servicios  y la intensa competencia global, por ejemplo, inhiben  a las  compañías a la hora de traspasar las alzas de precios a los consumidores”. (sic)

 El subrayado me pertenece para reafirmar que, de alguna manera, los cultores del monetarismo están advirtiendo que los precios no se encuentran influidos solamente por la cantidad de moneda, sino que el incremento de bienes y servicios  es una herramienta hábil para combatirla.  Y más adelante el mismo artículo expresa:

 “Durante más de una década las políticas fiscal y monetaria se han  complementado.   Ahora   parecen  ir  en sentido contrario.  Algunos piensan que mientras más se tenga que endeudar el gobierno  para financiar  el déficit fiscal, más tendrá que apoyarse en la Fed  para mantener las tasas a un nivel bajo”. (sic). 

 De nuevo con el subrayado pretendo resaltar que algunos sectores del primer mundo tienen muy claras sus ideas. Ellos revitalizan su economía y atacan la inflación de sus países con tasas bajas y con producción de bienes, aplicando la casi desconocida teoría cualitativa de la moneda del economista argentino Dr. Walter Beveraggi Allende, en cambio, esos mismos países instruyen a los que se encuentran en vías de desarrollo para que, frente a los mismos problemas, tengan tasas altas de interés.  Ahora nos venimos a enterar que los países que proponen el monetarismo deciden tener tasas bajas para ellos, pero altas para los demás.  ¿Cómo se entiende esto?

 Con fecha 24-08-2005, se publica en página 1 de la sección 2 un artículo denominado: “Para crecer, Stiglitz aconseja pagarle menos al Fondo” (4).  El nombrado es Premio Nóbel de Economía 2001 y un ex funcionario de los Organismos de Multilaterales de Crédito. Se reproduce a continuación un fragmento del reportaje, en el cual el economista ataca a las altas tasas de interés:

 “El argumento de que la liberalización de capitales tiene un  efecto    estabilizador  sobre   la   economía,   es como pensar que si uno tiene una jaula, los pájaros  van   a volar hacia adentro  en  vez   de   escaparse,   pero   la liberalización reduce la independencia de la   política   macroeconómica  al subir  las  tasas de  interés  y dificultar los préstamos para las empresas, generando más posibilidades  de  un   default”.  “Y esto el FMI no lo entiende”, remató.” (sic)

 El subrayado es mío y la claridad del Dr. Joseph Stiglitz es tan elocuente que me exime de todo comentario.

 El  miércoles 1 de marzo de 2006  se publica en la página 7 de la sección 2, un artículo denominado “El alza de las tasas en Japón preocupa a los mercados” por  Mark Whitehouse y Craig Karminy.  Luego,  el viernes 3 de marzo de 2006, en página 5 de la sección 2, aparece el artículo denominado “Un acto de equilibrismo para el Banco de Japón” por Yuca Hayashi y Sebastián Moffett. Ambos artículos explican que la economía japonesa salió de la pendiente negativa en la que se encontraba desde hacía algunos años gracias a la inyección de millones de yenes en el mercado japonés y a la tasa de interés casi cero.  Este ejemplo extraído de la realidad, es claramente demostrativo que cuando se desea hacer crecer a la economía, es menester que fluya el dinero y bajar las tasas de interés y cuando se desea contraerla deberá suceder todo lo contrario. Ahora el Banco Central del Japón, asustado de las consecuencias que puede significar un momento de auge, se ha embarcado en una política de aumento de tasas y de contracción de circulante.  La excusa visible en lo medios siempre es la misma: se teme que el excesivo recalentamiento de la economía dispare a la inflación. Pero, tal vez va siendo hora de preguntarnos si esa actitud de dinero laxo en un determinado número de años y luego una abrupta suba de tasa de interés no pone en manos del capital financiero los bienes hipotecados y prendados que los consumidores japoneses compraron con crédito barato y ahora que suben las tasas  no podrán pagar sus cuotas.

 Milton Friedam también era amigo de basar sus modelos económicos en otro axioma de dudosa legitimidad: “Los Mercados son Perfectos”.  Entendiendo como tal a que ningún comprador o vendedor puede, por sí mismo, influir en los precios y/o cantidades de los productos que existen en él. ¿Estimado lector, Ud. también está convencido, al igual que el Premio Nóbel,  de que ello es así?

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(1)  Ver el Informe de Coyuntura  editado por esta Fundación denominado “Sur, Inflación y después”, en   julio de 2004, firmado por el Dr. Juan Carlos Vacarezza,  presidente del Comité Ejecutivo de la misma.

 (2) Teoría Cualitativa de la Moneda de Walter Beveraggi Allende.

 (3) Fed:  Reserva Federal o Banco Central de los Estados Unidos.

(4) A fines de 2005 el gobierno argentino decidió cancelar la totalidad de su deuda con el Fondo.

 

Dr. Carlos Alberto Ragonesi

Marzo 2006