El punto de vista convencional acerca del comercio libre

Ravi Batra

 

Extraido del libro:

"El mito del libre comercio"

El argumento convencional en favor del comercio libre es ingenuo y simplista. Los acólitos de la liberalización hacen extravagantes conjeturas y sacan conclusiones incompletas. 

Las teorías simplistas seducen a los incautos, al equiparar el comercio internacional con el intercambio de bienes entre los individuos. Supongamos que usted tiene diez sillas y necesita sólo seis; haría bien en canjear cuatro sillas por una mesa para completar un juego de comedor. Evidentemente, el intercambio mejoró no sólo su bienestar sino también el de su socio comercial, quien valoró lo suficiente sus sillas para hacer el canje. Partiendo de este tipo de argumento, algunos concluyen que el comercio es beneficioso para todas las naciones, ya que facilita el intercambio de sus excedentes. Otras versiones más sofisticadas tienen en cuenta no sólo el intercambio en sí sino además el esfuerzo laboral y el tiempo. Supongamos que usted y un amigo trabajan para un periódico ocho horas al día, y ambos preparan los noticiarios diariamente. Usted es eficiente con la máquina de escribir, pero su amigo es mejor en la redacción. Forman una sociedad, se dividen la tarea, y venden sus informes uno por uno. Usted los transcribe a máquina, mientras que su amigo los redacta. En este caso la sociedad producirá más artículos en la misma cantidad de horas de trabajo, o la misma cantidad de artículos, con algún ahorro de tiempo. Los dos producen más juntos que la suma de lo que producirían trabajando independientemente. Este es el aumento de la productividad que genera una sociedad, y se fundamenta en lo que se denomina el principio de la ventaja absoluta.

Cada uno obtiene una ventaja al hacer solamente una tarea: usted transcribe a máquina, mientras que su amigo redacta. Ambos son más productivos cuando trabajan de forma conjunta que aislada. 

Hay un recurso aún más sutil, denominado el principio de la ventaja comparativa. Supongamos que usted es más eficiente que su amigo tanto para transcribir como para redactor; por consiguiente, tiene una ventaja absoluta sobre su amigo en ambas tareas. En este caso, ¿tendría sentido para usted formar una sociedad? Si estuviera interesado en mejorar su productividad, la respuesta sería muy probablemente afirmativa.

Supongamos que su ventaja fuera mayor en la transcripción que en la redacción. También en ese caso la sociedad seria más productiva que si cada uno trabajara por su cuenta. Aun cuando usted sea más productivo que su amigo en ambas tareas, su diferencia de productividad es mayor en la transcripción que en la redacción. En las mismas dieciséis horas diarias de trabajo (ocho cada uno), la sociedad producirá más informes.

Su productividad será más alta porque, aun cuando usted tiene una ventaja absoluta en ambas tareas, su ventaja comparativa es mayor en la transcripción. De manera análoga, su amigo puede tener una desventaja absoluta en ambas tareas, pero su desventaja comparativa es menor en la redacción que en la transcripción. Si usted invierte todas sus horas de trabajo en la transcripción y su amigo en la redacción, evidentemente la tarea conjunta será más productiva. Este es el principio de la ventaja comparativa, lo cual sugiere que la asociación es más eficaz incluso en este caso. 

Consideremos ahora a las naciones en lugar de los individuos. Supongamos que tanto Estados Unidos como Australia producen trigo y automóviles. Si ambos países formaran una sociedad y cada uno se concentrara en la producción de los bienes en los que lleva una ventaja, ya sea absoluta o comparativa, e importara el otro producto, la sociedad sería más productiva que antes, a la vez que ambos podrían consumir los dos productos.

Esta es esencialmente la lógica que hay detrás del comercio libre, que viene a ser como una asociación entre naciones, en la que cada una concentra sus esfuerzos en los sectores en los cuales posee la mayor ventaja (productividad laboral comparativa). Teniendo en cuenta esto, cuando mayor sea la especialización, mayor será la productividad del la asociación entre naciones. Pero cuanto más se especialice cada una, más tendrá que importar y pagar por ello con sus exportaciones. Por eso se dice que el comercio libre es la mejor política, porque con él se acrecienta al máximo el comercio internacional y por ende la especialización.

En consecuencia, cualquier política que restrinja el comercio inevitablemente reducirá la productividad mundial. De ahí que todas las formas de proteccionismo - aranceles, cuotas, subsidios, requisitos internos sobre el contenido de las importaciones y limitaciones voluntarias a la exportación, entre muchas otras medidas- sean perjudiciales para la prosperidad internacional.

En este sentido, el punto de vista convencional mantiene que el comercio crea dos tipos de beneficios: el que se obtiene del intercambio y el aumento de la productividad que se logra a través la especialización.

¿Qué posibilidad de error habría en este razonamiento? ¡Es tan simple y convincente! En mi opinión, es engañosamente atractivo, lo cual puede explicar parte su popularidad entre los economistas. Esta lógica ni siquiera tiene en cuenta qué índices salariales prevalecen en las diversas naciones. El mundo en su conjunto puede ser más productivo con el comercio libre, aun cuando los salarios sean muy bajos en algunos países y muy altos en otros, porque es el esfuerzo o la productividad laboral, y no los salarios, lo que se contempla en el principio de la ventaja comparativa. Más adelante volveré a referirme al tema.

Volvamos al ejemplo de la sociedad entre usted y su amigo. No cabe ninguna duda de que ambos serían potencialmente más productivos trabajando juntos que separados. Pero es no significa que ambos ganarían más. Sin duda la sociedad hará más dinero, ya que la mayor cantidad de artículos producirá más ingresos. Si, antes de unir sus esfuerzos, los socios llegaran a un acuerdo sobre una fórmula para compartir la ganancia adicional, ambos ganarían más. Cada socio no sólo sería productivo, sino que además ganaría más.

Pero sin no se estableciera ningún acuerdo previo de participación, uno de ustedes podría estar en peor situación, incluso si su productividad potencial es más alta. 

Supongamos, por un lado, que la sociedad es incapaz de encontrar un mercado para todos sus artículos; en ese caso uno de los socios, o los dos, tendrían que trabajar menos horas. Siempre y cuando esto fuera voluntario, no habría ningún problema. Podrían tener menores ingresos, pero al menos contarían con más tiempo libre.

Ahora imaginemos que únicamente usted -que como mecanógrafo no es muy requerido en otras partes- tiene que trabajar menos horas y con eso desminuye su participación en los ingresos, mientras su socio continua prosperando. En ese caso estaría peor, aun cuando produjera más por hora. Usted puede seguir siendo tan productivo como antes, pero se sentirá insatisfecho por la reducción de sus ingresos. Su productividad total también disminuirá, porque incluso con una producción por hora más alta, puede producir menos en conjunto si sus horas de trabajo disminuyen. De esta manera, si la demanda por la producción de la sociedad fuera insuficiente, sus ingresos caerían. A esta alguna tendría más sentido para usted abandonar la sociedad y trabajar por su cuenta. Sin embargo, si la sociedad llevase años funcionando, o si su socio fuera un individuo persuasivo y le convenciera de las ventajas de trabajar juntos, tal vez usted no le abandonase, aun cuando sus ingresos hubieran disminuido sustancialmente. 

Quizá permanezca en la sociedad por un sentimiento de lealtad, por temor a lo desconocido, o por que ha olvidado cómo hacer ambas tareas y trabajar solo después de tantos años de especialización en un área. Si bien se siente insatisfecho, trata de dar una explicación racional a los hechos, declarando que la sociedad es conveniente para usted porque al menos contribuye a incrementar su rendimiento horario. 

Algo similar es lo que está sucediendo hoy con la economía norteamericana. El comercio libre puede haber ayudado a los norteamericanos a incrementar la productividad por hora, pero debido a la caída de las demanda mundial de sus productos, sus salarios son más bajos que en 1973, y algunos aún más bajos que en 1950. Por otro lado, los socios comerciales de Estados Unidos no sólo producen más por hora, sino que han visto crecer sus salarios significativamente desde la década del setenta. Los economistas de Estados Unidos no han logrado advertir las depredaciones que ha causado el comercio libre, porque se han concentrado exclusivamente en la productividad y han ignorado los ingresos. Siguen ocupados tratando de dar una explicación racional del statu quo. Pero… ¿qué es lo que pretendemos, una mayor productividad o mejorar salarios?