Curiosidades Históricas

Nuestra historia contiene pasajes que parecen increíbles y que solo una formación deficiente en cuanto al conocimiento de la misma, hacen, que preguntas quizás ingenuas pero salidas del sentido común, sean acalladas por un equivocada sacralización de sus actores.

En esta sección practicaremos un poco eso que siempre callamos por miedo a quedar mal en una clase, preguntar, preguntar todo aquello que, aunque parezca equivocado, puede llevarnos a conclusiones sorprendentes. Así encaramos esta sección, con la sana intención de saber, nos preguntamos...


 

 

 

 Lord Cochrane

Participó en la expedición libertadora de San Martín, era el comandante de la escuadra que desembarcó en Perú en la primera gran operación anfibia de nuestra historia argentina. Le recomendamos leer la breve biografía transcripta líneas abajo y lo invitamos a preguntarse: ¿Su participación en la expedición libertadora, era funcional a los intereses británicos en el continente?; ¿Lo hizo por patriotismo o por dinero?; ¿Seguía sus propias órdenes o la de los súbditos de su S.M. británica? ¿Si lucho de nuestro lado, porque lo hizo en contra nuestra en la guerra contra el Brasil? ¿Que relación había entre él y Guillemo Brown? ¿El entierro honroso, fue el premio recibido por apuntalar el poder inglés en el continente americano?...

 

 

 

 

Biografía:

Thomas Alexander Cochrane, noveno conde de Dundonald (1775-1860), fue un marino británico de un valor excepcional. Luchó contra Napoleón en numerosos combates, y en Aix destruyó 14 buques franceses. Elegido miembro del Parlamento desde 1807, tuvo destacada actuación en ese recinto. Acusado de utilizar ciertas noticias secretas para especular en la bolsa, fue expulsado de la marina en 1814, condenado a un año de cárcel y a pagar una multa de mil libras. Escapó de la cárcel y se presentó en el Parlamento para su autodefensa. Encerrado nuevamente, inventó en la reclusión su célebre lámpara de aceite. El pueblo inglés pagó la multa de mil libras por suscripción popular y lo reeligió. Se le restituyeron sus fueros de hombre libre, pero el orgulloso lord ya no se sintió cómodo en su patria y, en mayo de 1817, aceptó la proposición de Álvarez Condarco para trasladarse a Chile y asumir el mando de la escuadra. A fines de 1818, desembarcó en Valparaíso con su esposa e hija, recibió el título de vicealmirante y el mando de la flota chilena que ejercía hasta entonces el argentino Blanco Encalada. El gran prestigio del marino británico, unido a su inteligencia, a la experiencia del mar y a la gran energía de su carácter, imprimió enseguida un ritmo diverso a la naciente flota chilena.

 En setiembre de 1819 atacó la fortaleza de El Callao con 300 cohetes “a la Congreve” fabricados por prisioneros españoles con materiales traídos de Inglaterra. Este ataque fracasó, pues para prepararlos los españoles los rellenaron con materiales no explosivos y los cohetes no estallaron. En febrero de 1820 atacó y tomó los cinco fuertes que defendían Valdivia y ocupó la ciudad. En agosto de 1820 la escuadra a su mando con 8 navíos de guerra armados con 247 cañones, 11 lanchas cañoneras y 26 transportes, zarpó de Valparaíso con el ejército libertador del Perú a bordo. El 5 de noviembre, en un audaz golpe de mano, se apoderó de la fragata española “Esmeralda” en El Callao.

Esa nave de 44 cañones y 320 tripulantes estaba protegida por los fuertes de tierra y por ocho navíos de guerra y 27 cañoneras y gruesas cadenas colocadas a su alrededor. Cochrane disponía de 14 botes tripulados por 160 marineros y 80 soldados. Tuvo desavenencias con San Martín, principalmente por la falta de pago a sus hombres.

En enero de 1823 dimitió de su cargo y pasó al Brasil, donde comandó la escuadra de este país. Después pasó a Grecia y luchó en Navarino (1834). En 1838 volvió a Inglaterra, donde se le dio el rango de contraalmirante y, en 1841, se le restituyó su título de nobleza. En 1860 fue enterrado, con todos los honores, en la abadía de Westminster.

 Fuente: Colección Nuestra Historia Argentina –La Argentina Criolla- Editorial Clasa, pág. 275

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

Un Príncipe de la Pampa

 

El capitán Luis de la Cruz llega al fortín de Melincué después de una larga travesía. Su baquiano, el cacique Pulmanque, lo ha guiado sin contratiempos, pero por sobre todo ha hecho posible una entrevista con el gran cacique Currupilun. Los dos hombres se saludan. Los caciques menores y los, capitanejos están en cuchillas. Escuchan el diálogo entre su cacique y el hombre blanco. El capitán dice:

—Hay que comerciar con los hombres del rey de España, que es poderoso y grande. Hay que respetar al virrey, que representa al rey. Los invito al diálogo.

Currupilun contesta:

—El virrey anterior me mandó llamar con altanería. Yo no fui porque soy Independiente y no obedezco a nadie. A nosotros se nos Invita, y no se nos Ordena. Hoy ha cambiado esto. Usted es humilde y viene a invitarnos. Ahora haremos trato.

El capitán de la Cruz no sale de su asombro ante la contestación, pero mucho más se asombra cuando el cacique dice, para finalizar su parlamento:

—Debe ser poderoso el señor a quien sirve, pues por el criado se conoce el poder del amo.

El cacique Currupílun no sólo aceptó el trato sino que, cuando se enteró de la primera invasión inglesa, envió una embajada al Cabildo de Buenos Aires para felicitar por la reconquista y ofreció sus lanzas para defender la ciudad de un segundo ataque.

 

Manuel Villafañe

 

 

 

 

 

 

 

 

 


El acta no es la misma

El Acta de Declaración de nuestra Independencia fue redactada el mismo 9 de julio en el libro de sesiones del Congreso por el diputado José Mariano Serrano. De lo misma se imprimieron tres mil ejemplares: 1.500 en español, 1.000 en quechua y 500 en aimará.

Pero hoy solo se conservó una copia, redactada a mano por el mismo Serrano, que llevaba su firma. El libro de sesiones del Congreso —donde se encontraba el acta original firmada por todos los diputados presentes— desapareció sin dejar rastros. 

Se dice que en 1820 se lo depositó en la Legislatura de Buenos Aires y en la época de Rosas fue retirado para hacer una copia litográfica. Desde entonces hasta el presente se ignora cuál ha sido su destino. Solamente se conserva en el Archivo General de la Nación una copia firmada por el secretario del Congreso, José María Serrano, a fines de julio de 1816. Mucho tiempo después, se le agregó a la copia manuscrita por Serrano la firma de los demás diputados por medio de sucesivos calcos. 

Fuente: Revista Cosmik nro. 10, Año 1985