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No creáis nada por el simple hecho de que muchos lo crean o finjan que lo creen, creedlo después de someterlo al dictamen de la razón y a la voz de la conciencia. Buda.

AMÉRICA LATINA: UN PAÍS

Por Manuel Baldomero Ugarte.


El Escritor argentino Manuel Baldomero Ugarte nació el 27 de febrero de 1857 y murió en Niza (Francia) el 8 de diciembre de 1951.

Pertenecía a una familia económicamente acomodada de San José de Flores, en la época de su nacimiento un barrio de la ciudad de Buenos Aires. La fortuna paterna sostuvo durante 40 años su actividad de escritor y publicista; primero su quehacer eminentemente literario, luego su despliegue básicamente político.

A los 7 años de edad sus padres lo llevaron a Europa, para visitar la Exposición Universal de 1889. Vivió un tiempo en Francia y allí aprendió la lengua que más tarde utilizaría en reiteradas visitas a la llamada “Ciudad Luz”.

En la Argentina, y con la ayuda de su padre, dirige “La Revista Literaria” en la que colaboran, entre otros, José Santos Chocan, Ricardo Palma, José Enrique Rodó, Rufino Blanco Fombona. El lema de la publicación signa desde sus primeros pasos lo que sería la consigna máxima del hombre maduro: “Por la unidad intelectual y moral Hispanoaméricana”.

Regresó nuevamente a París en 1897 con la idea de conquistar un lugar en la joven literatura. Allí publica sus primeros 3 libros: Paisajes parisienses, Crónica de Boulevar y las novelas de las Horas y de lo Días, que fuero prologadas por escritores de la talla de Miguel de Unamuno, Rubén Darío y Pío Baroja, lo que da una idea literaria del talento de la joven promesa. En 1894 realiza un viaje a EE.UU. que le permitirá tomar contacto con la ambigua cultura norteamericana de esa época. Por un lado; fuerzas que empujaban hacia el progreso y hacia la libertad, pero, por el otro, un visible menosprecio hacia los países latinos del continente, unidas a invasiones, anexiones y desconocimiento.

En Ugarte va a crecer la que será una de las ideas cardinales de su ideario político: la crítica a una sociedad de perfil imperialista que en su afán de afirmar los valores y las instituciones anglo-americanas, termina negando a los países latinoamericanos ligados al núcleo cultural ibérico.

Manuel Ugarte va a ingresar al S. XX unido por lazos de amistad a una notable generación de literatos y ensayistas: Leopoldo Lugones, José Ingenieros, Alfonsina Storni, Delmiro Agustín, Belisario Roldán, Amado Nervo, Florencia Sánchez y José María Vargas Vila, entre otros.

Esta presencia generacional –encargada en particular en Lugones e Ingenieros- junto al clima espiritual de la Europa de comienzos de siglo lo llevarán a ingresar –a partir de su retorno al país acaecido en 1903- en el Partido Socialista Argentino. Su prestigio intelectual crece dentro y fuera del país a instancias del presidente Roca participa en la redacción de un Código del Trabajo, que resulta uno de los avanzados de su tiempo.

Una conferencia pronunciada en Buenos Aires, en septiembre de 1903 y que lleva el sugestivo título de “Las ideas del siglo” expresa con precisión este clima generacional, tanto como define lo que constituirá otro de los ejes temáticos fundamentales de su trayectoria de ensayista y de ciudadano. Dice allí: “nadie negará que hay un conjunto de ideas y aspiraciones, de hábitos y de certidumbres, que, difundidas en los libros en la vida privada, en las conversaciones y en las conciencias acaban por formar lo que podríamos llamar la atmósfera del siglo. Y nadie negará que hoy lo que respiramos es el deseo de solidaridad y de justicia”.

Vuelve a Europa en lo que será un periodo de intensa actividad política y, también literaria. Representa al Socialismo Argentino en Los Congresos de La Segunda Internacional de Ámsterdam en 1904 y de Stuttgart de 1907. Colabora en diversos periódicos y revistas de La Argentina, Francia y España y publica cerca de una docena de libros, entre los que se destacan: la joven literatura hispanoamericana, -que merece una traducción al francés- vendimias juveniles y burbujas de vida.

A fines de 1910 edita El Porvenir de América Latina, posiblemente a obra más importante de su producción temprana.

El libro tiene gran repercusión en Europa y en América, donde la ocupación norteamericana de Santo Domingo y de Nicaragua resultaba un buen caldo de cultivo para las tesis de Ugarte que insistían en su perspectiva nuclear: “Nuestra Patria es la América Española”.

Impulsado por sus ideales y por la repercusión de su obra Ugarte, inicia en los últimos meses de 1911 una visita a los países iberoamericanos que le llevará aproximadamente dos años y a la que él mismo bautizó como “mi campaña hispanoamericana” y cuyos materiales servirían de base más adelante para uno de sus libros capitales.

“La tesis que yo sostenía durante el viaje –dice Ugarte- era la de una “entente” de los pueblos hispanos de América, para asegurar su autonomía y oponer un bloque y una común acción de resistencia cada vez que una nación fuerte del mundo quisiera abusar de su poder, batiendo en detalles a regiones que deben ser consideradas como solitarias.

A partir de este viaje el perfil militante de Ugarte por la causa de Iberoamérica se hará predominante. Por ello resulta difícil separar su vida de su obra –como puede ocurrir en otros autores-.

En Ugarte esta unidad –en particular en lo ensayístico- es muy notable.

En su campaña latinoamericana visitó Cuba; Santo Domingo, México, Guatemala –donde Estrada Cabrera no le permitió hablar-, Honduras, El Salvador. En Nicaragua no lo dejarían desembarcar y siguió a Costa Rica. Aquí interrumpiría su gira para viajar a los EE.UU. En la universidad de Columbia tratará de llamar la atención de los intelectuales norteamericanos sobre el carácter dual sobre el que están construyendo su civilización y sobre el grave problema cultural que implica considerar a los latinoamericanos como “una raza inferior”.

De EE.UU. va a Panamá, luego a Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, y Chile. Tuvo que superar no pocas intrigas y dificultades en su peregrinación, pero estaba seguro –lo indican los textos de la época- que no había sembrado en el desierto, o que “no había arado en el mar” como su admirado Simón Bolívar de las ultimas etapa de esa gira es la carta abierta que le enviará al presidente norteamericano electo Tomas Woodrow Wilson, instalando a modificar sustancialmente las estrategias y políticas de los EE.UU. con sus vecinos del sur del continente. En mayo de 1913 regresa a la Argentina y termina visitando luego Uruguay, Paraguay y Brasil.

En esos meses La Vanguardia, órgano del Partido Socialista publica un artículo despectivo para Colombia a raíz de la cesión de Panamá alentada por los EE.UU. Sus críticas arrecian y es expulsado del partido el 10 de noviembre de 1913.

Con posteridad funda la Asociación Latinoamericana para llevar adelante su ideal de, Patria Grande, pero sus esfuerzos se ven obstruidos por el estallido de la guerra europea. Mientras América Latina se polariza en función del conflicto Ugarte brega por la independencia y por la neutralidad.

Hacia 1918 Ugarte advierte que ha consumido la fortuna familiar y, en esos años no le resulta fácil encontrar trabajo, ni mucho menos lugares en los cuales hacerse oír.

Invitado por el Centro de Cultura Hispánica viaja a Madrid, pero advierte que sus ideas democráticas chocan con las que empiezan a ganar el corazón de los intelectuales españoles.

En 1921 se instala en Francia. Vivía de sus colaboraciones en periódicos y revistas y de la edición de sus libros. En esa etapa publica el conjunto más significativo su obra de ensayista y literato aparece así sucesivamente en lo ensayístico: Mi Campaña Latinoamericana y la Patria Grande (1922) y el destino de un continente (1923) y en lo poético literario, sus Poesías Completas (1921), el Crimen de las máscaras (1924), El camino de los Dioses (1926) y L vida inverosímil (1927).

A esta altura se hace visible que toda su obra de madurez está teñida o directamente expresa su ideario americanista y social y su desgastante lucha en medios cada vez más hostiles a su concepción. Como lo había vaticinado Rubén Darío a comienzos del siglo. Ugarte no solo era un soñador sino un “convencido apostólico” y esa fuerza de su espíritu irradiaría –con sus ciclos más optimista o más pesimistas- toda su importante y vasta obra.

En esos años de permanencia en Europa colabora con La Libertad de Madrid, Mondé –dirigido por Henri Barbuse- de Francia y con la revista Amauta, fundada en Lima por José C. Mariátegui. En 1933 un grupo de intelectuales notorio pide para Ugarte en Premio Nacional de Literatura, que le fue negado apoyándose en defectos de tipo formal.

Con cierto saber a compensación recibe en esos años La Legión de Honor concedida por Francia. En 1935 regresa a la Argentina encontrando poco eco entre sus compatriotas.

En 1936 es expulsado por segunda vez del Partido Socialista y se marcha a Chile, de donde retorna en 1946 impresionado favorablemente por la política de afirmación nacional y social, con fuerte inserción en la posibilidad de una integración Latinoamericana, en particular con los países limítrofes que el peronismo expresaba.

Después de una entrevista con el creador del justicialismo, éste lo nombra representante diplomático de nuestro país en México y, posteriormente Nicaragua y el Cuba. Diferencias con el Ministro de Relaciones Exteriores le hacen presentar su renuncia en 1950.

En agosto del mismo año se trasladó a Madrid donde publicó sus últimos libros: el naufragio de los argonautas y la dramática intimidad de una generación, que tienen la estructura de libros de memorias con semblanzas de las personas notables que conoció y recuerdos de situaciones vividas.

En 1951, con 76 años de edad, se instaló en Niza, donde murió poco después. Sus restos morales fueron trasladados con posterioridad a la Argentina en 1954. Ni Manuel Baldomero Ugarte ni su obra han pasado al olvido.

Aunque su presencia ya no tenga la gravitación de las primeras décadas de este siglo. En muchos períodos, su apasionada y controvertida concepción política y social no ayudó a difundirla en su propio país ni en el resto del continente. Todos los libros de Ugarte –literarios o doctrinarios- fueron editados en Europa y rara vez reeditados en el país o en América Latina. Sólo su obra póstuma La Reconstrucción de Hispanoamérica fue publicada por la editorial Coyoacán de Buenos Aires en 1961, diez años después de la desaparición del escritor.

Ugarte no es, pues, un desconocido. Aunque sí, dados los valores culturales, doctrinarios y literarios de su producción, puede estimarse que se trata de un autor que no ha recibido plenamente el reconocimiento que merece.

Sin embargo, el ideario de este notorio argentino, tuvo una gran influencia de las ideas de toda América Latina en diferentes épocas y gobiernos, ya que constituye en este siglo uno de los puentes ideológicos más poderosos con los ideales Sanmartinianos y bolivarianos que lideraron el período de la emancipación nacional. Es que, en su etapa de formación como los ecos de la heroica gesta libertadora y unificadora que encabezaron San Martín y Bolívar, medio siglo atrás. Leyendo sus ideas sobre un socialismo moderno, ajeno a toda perspectiva colectivista, sobre una justicia social que democratizará no sólo el poder político sino el poder económico y sobre un nacionalismo abierto a la unidad con los otros pueblos de Iberoamérica, no puede dudarse que éstos constituyen un antecedente importante en la conformación doctrinaria del Justicialismo y no puede extrañar que el propio Perón lo viera como un gran embajador de la Argentina ante los países de la América Latina.

Su vasta obra presenta dos facetas más o menos marcadas.

Una literaria, abierta a las corrientes culturales del principio de siglo, progresivamente ganadas por su desarrollo ideológico, y una política-doctrinaria, más propia y original, en la cual su pensamiento constituye un referente obligado de la formulación de un pensamiento, nacional e Iberoamericano a la vez, tan social como democrático. En este aspecto, Ugarte constituye una figura muy notoria, tanto por la calidad de sus conceptos y por la riqueza existencial de sus apreciaciones, como por el difícil equilibrio por las que expone su apasionada pertenencia cultural y su destino. Cuando criticaba a los Estados Unidos decía: yo no hablo como adversa- rio de un pueblo, hablo como adversario de una política, o cuando se refería al conflictivo descubrimiento de América puntualizaba: a pesar de todos los crímenes, el descubrimiento fue la más notable victoria del espíritu humano y la remoción más formidables de lo existente. Ugarte siempre fue un expositor comprensivo y profundo, nunca un panfletario.

Como el mismo autor de “La Patria Grande” lo reconociera, en una conferencia pronunciada en Buenos Aires, “he llegado hasta sacrificar mis conveniencias de escritor para favorecer los intereses colectivos”. La frase no tiene nada de retórica, puede decirse que su creciente dedicación a los ideales Iberoamericanos y socialistas no sólo complicaron la difusión de sus obras, sino que, también, limitaron su desarrollo literario, como literato y poeta, Ugarte es un escritor de talento, pero quizás deba reconocerse que no ofrece el vigor o la originalidad que muestra como ensayista. Y aunque se reconoce la calidad de los “Cuentos de la Pampa”, traducidos a varios idiomas, o de sus poesías o de sus novelas o crónicas impregnadas de agudeza y a veces de espíritu satírico, son, sin duda, obras como La Patria Grande. El destino de un continente o El porvenir de la América Española, las que lo colocan en el sitial de uno de los más significativos y secretamente influyentes pensadores argentinos del siglo que pronto dejaremos atrás.

En este volumen dedicado a Manuel Baldomero Ugarte se ofrece, en primer lugar, La Patria Grande, pues ella –editada en 1922 y reeditada en Chile en 1939- constituye su obra arquetípica. En la misma están presentes los 4 ejes temáticos de su pensamiento. Su reformismo social, encarnado en un socialismo que –como argumenta en el libro que comentamos- apareciera como “un partido intermedio y moderado, radical–socialista, que repudiara categóricamente el colectivismo y las hipótesis excesivas”. Su nacionalismo democrático abierto a la integración continental su iberoamericanismo que constituía en su exigencia de unidad de destino el único porvenir político verdadero para los países de lengua latina y su antiimperialismo, visualizando en la pretensión norteamericana de extender su dominio e influencias negativa sobre las naciones del sur del continente en este aspecto Ugarte veía más que una enemistad estratégica insuperable, una oposición cultural. Lo iberoamericano y lo angloamericano constituían dos culturas diferentes que debían desarrollarse en forma separada, aunque los más fraternalmente posible, sin que hubiera sometimiento de los más débiles a los más fuertes.

Los diferentes capítulos de la Patria Grande abarcan casi quince años de artículo y conferencia de Ugarte y constituyen –reitero la obra arquetípica de toda su producción. Se incluye aquí el texto de 1939 “América Latina por encima de todo” colocado como prólogo a la reedición realizada por el autor pues constituye un interesante nexo con su posición político-cultural de los años veinte realizada casi 2 décadas después.

Completan el presente volumen las siguientes páginas:

Cuatro capítulos del libro El Porvenir de la América Española (Latina en otras ediciones), que ofrecen una perspectiva complementaria, generacionalmente muy rica, de temas que tratará o retomará en La Patria Grande. Ellos son: “La raza del porvenir”, “Las dos Américas”, “La democracia latinoamericana” y “Las reformas sociales”.

A continuación, puede leerse su “Manifiesto a la juventud latinoamericana” publicado en la revista peruana Amauta, en 1927, a pedido de Víctor Raúl Haya de la Torre, el cual resulta altamente expresivo del estilo político de Ugarte; luego “Los fundamentos vitales”, extraído de su obra póstuma La reconstrucción de hispanoamérica, que nos ofrece el temple del anciano luchador e idealista. Sigue “La representación obrera”, texto perteneciente al libro El arte y la democracia, en el cual definen su perspectiva social.

A manera de apéndice se acompañan finalmente dos temas más ligados a la literatura y el arte, en los cuales queda claramente subrayado el nexo fuertemente social que unía al verdadero escrito con su pueblo y su sociedad.

Estos textos, en su conjunto, ofrecen una aproximación adecuada a uno de uno de las cumbres existenciales y ensayísticas más progresivamente solitarias y, sin embargo, más influyentes del pensamiento latinoamericano.

Jorge Bolívar





AMÉRICA LATINA POR ENCIMA DE TODO.

En el libro que el lector tiene en sus manos, cuyo título La Patria Grande, subraya el sentido general de un intento, seleccionó las páginas más significativas entre los innumerables estudios, artículos y manifiestos lanzados al azar de la lucha sostenida durante veinte años alrededor de un ideal. Indispensable para apreciar la trayectoria de un esfuerzo, estas hojas dispersas forman un volumen coherente, cobran unidad al calor del pensamiento central y dan, en cierto modo término a la dilucidación de un problema que me preparo, sin embargo, a examinar bajo otra faz, en un libro en preparación cuyo título puedo adelantar desde ahora, La reconstrucción de América.

Aunque algunos comentarios se refieren exclusivamente una república, se aplican en realidad a todas las naciones del continente y aunque otras tengan en vista todo el continente, se ajustan, con poco esfuerzo, a la situación particular de cada país. Porque, con variantes graduales y a través de perspectivas diferentes se puede comprobar idénticos fenómenos, parecidos dilemas análogas inclinaciones y armónicas finalidades en las diferentes repúblicas, que, a pesar de su aislamiento, obedece al ritmo de su atavismo y de su situación en el mundo, dentro de una gravitación y una cosmología independiente de la distancia y de las mismas desavenencias accidentales.

Para las nuevas generaciones latinoamericanas, ajenas a las ambiciones directas del poder preocupadas por el porvenir de nuestro grupo y exaltadas por un ideal de resistencia a las influencias extrañas, la expresión “Patria Grande” tiene dos significados geográficamente sirve para designar el conjunto de todas las repúblicas de tradición y civilización ibérica. Desde el punto de vista cultural, evoca, dentro de cada una de las divisiones actuales, la elevación de propósitos y la preocupación ampliamente nacionalista.

Si deseamos conquistar para nuestro núcleo la más alta situación posible, tenemos que perseguir los dos empeños a la vez... La Patria grande en el mapa sólo será el resultado de la Patria Grande en la vida cívica. Lejos de asomar antinomia, se afirma compenetración y paralelismo entre el empuje que nos lleva a perseguir la estabilización de nuestras nacionalidades inmediatas y que nos inclina al estrecho enlace entre los pueblos afines.

Combatir en cada país la visión limitada, difundiendo un espíritu ágil que nos vigorice y nos levante hasta la cúspide de las más atrevidas esperanzas y ampliar al mismo tiempo la concepción de nacionalidad integral, abarcando hasta los límites del Nuevo Mundo de habla hispana, en una superiorización de perspectivas políticas y raciales, no es, en realidad, más que mostrarse fiel a la tradición de los iniciadores de la independencia, que no fueron ensimismados parlamentarios o gobernantes prolijos, atentos sólo a predominar localmente sobre otras facciones, sino caudillos de la grandeza general, deseosos de sumar fuerzas paralelas, para culminar en una entidad poderosa, capaz de hacer sentir su acción en el mundo.

Por encima de la política adoptada en la mayoría de nuestras repúblicas, la presencia espiritual de Bolívar y San Martín se hace sentir en el alma de la juventud y en la conciencia del pueblo, provocando reservas ante la imprevisión que, en el orden interno, nos recluye en una ebullición constante y nos induce, en el orden internacional, a las rivalidades más peligrosas.

El problema primordial de América Latina no es el de saber quiénes son los hombres que han de gobernar o cuáles son las regiones que han de ejercer vano predominio, sino el de crear las fuerzas vivientes que valoricen la riqueza y el de asegurarnos la posesión integral y durable de nuestro suelo.

En el campo nacional como en el dominio internacional, urge reaccionar contra los localismos individuales y geográficos. No hay que perseguir la política que favorece el encumbramiento de las personas o de las pequeñas entidades, ni la que ofrece el triunfo a una generación, ni la que anuncia el auge dentro de un radio limitado sino la que, sobre el dolor de nuestros propios sacrificios, asegure el triunfo y la perdurabilidad de la patria.

Nacido en la Argentina, he pensado que mi república, engrandecida en el orden económico por el esfuerzo creado, estaba destinada a magnificarse espiritualmente en América, iniciando desde el Sur una política de coordinación con las repúblicas hermanas. Este libro es reflejo de esa preocupación, a la vez nacional y continental. Hacer que cada una de las naciones hispanoamericanas desarrolle su esfuerzo máximo para elevarse y facilitar la colaboración de todas al calor de un recuerdo y bajo la urgencia de una necesidad tomando como punto de apoyo la zona menos amenazada, me ha parecido el propósito más alto que podían perseguir las nuevas generaciones en marcha hacia la democracia verdadera y hacia la patria final.

Las ideas avanzadas que me han reprochado algunos, el socialismo que, en horas en que la acción se sobrepone al pensamiento, me llevó a militar directamente en las agrupaciones de ese credo, no fueron más que aspectos accidentales o complementarios dentro de esta vasta y profunda inquietud de la patria en formación que, para lograr campo y aire, tenía que evadirse de los egoísmos del nacimiento, de las supervivencias coloniales. En la perspectiva de mis preocupaciones, apareció siempre en primer término el fervor de los destinos de la nación en su conjunto durable e histórico. Así llegue hasta considerar en algunos momentos como secundarias las teorías o los sistemas que se podían emplear para alcanzar el fin superior. El ideal fue: la América Latina por encima de todo, pero la América Latina Grande por la amplitud de sus concepciones, por la elevación de su vida cívica, por la convicción de su unidad.

Para las nuevas generaciones que se levantan gloriosamente con el presentimiento de las realizaciones del porvenir se abre una época de fecunda acción y grandes responsabilidades. Está en juego la orientación, el derrotero, el destino mismo del conjunto hispano. Y es la juventud la que en último resorte debe imponer el rumbo. Sobre ella recae, la misión peligrosa y magnífica de servir de proa en medio de los acontecimientos y en medio de las ideas, de acuerdo con las tres fuerzas que la definen: el desinterés, la audacia y el idealismo.

Nuestras tierras de América esperan el advenimiento de una reconstrucción social, nacional y continental que les dé forma y jerarquía, libertándolas en todos los órdenes de los viejos errores políticos y de las supervivencias coloniales, para hacerles entrar en las nuevas rutas que se abren a la humanidad. Así, muy nacional y muy moderna, en la realidad de su ser, no en el sonambulismo de las ideas heredadas, podrá realizar la juventud la obra que las necesidades y las esperanzas actuales imponen a los grupos que quieren perdurar y superarse. Al margen del cálculo, de la timidez y del odio, ha de ser esa juventud la fuerza incontaminada que purifica y eleva, sacando inspiraciones de su propia iniciativa, de su propio resplandor.

LA DOCTRINA MONROE

El resurgimiento de esperanzas y reivindicaciones es, en la remoción de valores nacionales que caracteriza el momento actual, una consecuencia inmediata de la conflagración que se liquida. Las guerras se han parecido en todo tiempo a la erupción de un volcán; arrojada la lava y aquietado el cráter, quedan los fenómenos derivados, que llegan a veces a modificar en torno la composición geológica, la formación geográfica y hasta la atmósfera misma.

La sacudida mundial que ha determinado el derrumbamiento de algunas naciones y el ocaso de determinadas ideas, debe favorecer la situación de otros países y el nacimiento de tendencias hasta ahora desconocidas, dentro de una nueva cosmología de la política internacional; y hemos de prepararnos a asistir, no sólo en la zona directamente afectada por la guerra, sino en el mundo entero, a la aparición de corrientes y direcciones que no se habían manifestado aún.

Así vemos que se inicia en América en estos momentos una franca reacción contra un estado de cosas establecido desde el año 1820. la Doctrina Monroe, que excluye a Europa de los asuntos de América y deja a los Estados Unidos la fiscalización de la vida y el porvenir de veinte Repúblicas de habla hispana, empieza a encontrar impugnadores, no ya entre los internacionalistas independientes, sino entre los mismos jefes de Estado.

El presidente de Méjico, General Carranza, declaró solemnemente, en un documento público que desconocía la doctrina y rechazaba sus beneficios si es que encierra beneficios, porque veía en ella una forma indirecta de protectorado, y deseaba para el país que gobierna la plena y fundamental autonomía. Tan enérgica manifestación reviste el carácter de una contradoctrina, puesto que opone a la concepción exclusivista y dominadora del célebre presidente norteamericano una manera de ver más amplia, que abre de nuevo a todos los pueblos la posibilidad de extender su política universalmente.

Todo ello deriva de la lógica de las actitudes dentro de los nuevos fenómenos determinados por la guerra. No cabe dudas que, si los Estados Unidos hacen oír su voz en los asuntos de Asia y Europa, Europa y Asia pueden hacer oír la suya en las cosas de América, porque en política internacional, como en ajedrez, no hay, en realidad, más principios que los que establece la convención del movimiento de las fichas, que deben tener acción equivalente dentro de la reciprocidad.

Aprovechando la circunstancia y adelantándose a una resolución que pudiera inclinar a la Liga de las Naciones a dar fuerza de ley a fórmulas parciales y desviadas de su primitiva significación. Méjico inicia una reivindicación de derechos hispanoamericanos y llama la atención de las grandes naciones sobre el abandono o la condescendencia que les ha inducido a hacer sentir la acción en el Nuevo Mundo con la ayuda de los Estados Unidos, delegando a menudo en éstos la defensa de sus intereses primordiales.

Hace pocos años, el Gobierno mejicano, en una nota dirigida a Inglaterra, dijo que no se avenía a discutir reclamaciones por intermedio de una tercera potencia, y que teniendo Inglaterra representante ante el Gobierno mejicano, debía tratar directamente la cuestión que le interesaba.

La entereza con que ese país ha venido encarando los asuntos internacionales en estos últimos tiempos, culmina en una forma concreta, que será apoyada, en cuanto lo permite la situación en que se encuentran, por casi todos los Gobiernos de la América española, y que alcanzará la aprobación unánime de los pueblos de nuestro origen. Al tomar esta iniciativa, desafiando las dificultades de orden externo e interno que se pueden prever como represalia, tratándose de un país limítrofe con la potencia cuya primacía se discute, la nación azteca ha realizado un acto histórico. La doctrina Monroe es de tal importancia para los Estados Unidos, que aun en medio de las preocupaciones generales impuestas por la solución de la guerra, el Senado de Washington pareció no tener más objetivo que discutir la situación en que ese postulado quedaría en el futuro.

Para los hispanoamericanos, la doctrina de Monroe es más importante aún. Pudo parecer en los comienzos fórmula adecuada para preservar a todo un continente de una posible vuelta ofensiva del colonialismo; pero se ha transformado en hilo conductor de un daño tan grave como el que se quería evitar.

Juzgándola hoy por la gradación de sus aplicaciones y la virtud de sus resultados, no es posible dejar de ver en ella el instrumento de una dominación económica y política que sería fatal para la autonomía y el porvenir de las Repúblicas de habla española.

Si formulara el Japón en Oriente una doctrina parecida, si Inglaterra intentara imponer en Europa una fórmula análoga, nos parecería a toda una incongruencia.

¿Cómo no ha de serlo la pretensión que lleva Estados Unidos a erigirse en gerentes de la vida del Nuevo Mundo, a pesar de la diferencia de raza, idioma, religión y costumbres que los separa de los países de Sudamérica?

La propuesta de Méjico es una tentativa para rehacer el prestigio de nacionalidades disminuidas por injerencias incómodas; y como ella puede servir de bandera a la mitad de un continente contra la otra mitad, se puede decir, sea cual fuere el resultado de la comunicación que comentamos, que frente a la doctrina de Monroe ha surgido la doctrina de Méjico. El hecho es de tal magnitud, que basta para llamar la importancia que tiene dentro de la vida americana que tiene dentro de la vida americana y dentro de la política internacional.

POLÍTICA COLONIAL

Cuando las grandes naciones tienden sus brazos de conquista sobre los pueblos indefensos, siempre declaran que sólo aspiraban a favorecer el desarrollo de las comarcas codiciadas. Pero, en realidad, bien sabemos todos en qué consiste la civilización que se lleva a las colonias. Los progresos que se implantan sólo son útiles a menudo para la raza dominadora. Se enseña a leer a los indígenas, porque ello puede facilitar algunas de las tareas que el ocupante les impone. Pero la instrucción se limita siempre a lo superficialmente necesario. El maestro olvida cuando puede contribuir a despertar un instinto de independencia.

Los misioneros, laicos o religiosos, infunden resignación. Los mercaderes, que en la mayor parte de los casos son los iniciadores de la empresa, engañan y explotan con producto de venta difícil en la metrópoli. La autoridad impone una legislación marcial. Y todo el esfuerzo del pueblo civilizador tiende a mantener en la sujeción a la raza vencida, para poder arrancarle más fácilmente la riqueza que devoran los funcionarios encargados de adormecerla.

Si queremos saber en qué se traduce la civilización que ofrecen los conquistadores a los pueblos débiles, interroguemos, en Norteamérica, a las tribus dispersas que sobreviven a la catástrofe; consultemos, en Asia, a los habitantes de la India, diezmados por el hambre; oigamos a cuantos conocen la historia colonial del Mundo.

Los que argumentan que en ciertos casos puede ser útil guiar y proteger a los pueblos jóvenes, dan forma al sofisma más peligroso. Nada sería más funesto que admitir, aunque sea transitoriamente, la superstición semicientífica de las razas inferiores. Se podría sacar de esa debilidad argumento peligroso hasta para la misma libertad interna de los grandes pueblos.

Si admitís que hay grupos nacionales que a causa de su civilización pueden aspirar a conducir ocasionalmente a los otros dirían algunos, tendréis que reconocer que hay clases sociales dignas de guiar a las menos preparadas; y si en el orden internacional toleráis que un pueblo audaz se substituya a la voluntad de un pueblo inexperto, en el orden nacional tendréis que aceptar también la tutela de una clase dominante sobre la muchedumbre desorganizada.

Desde el comienzo de los siglos ha habido razas y clases sin derecho de ningún género, y éstas han sido explotadas por otras razas o clases más instruidas, más belicosas o más hábiles. No es posible combatir la injusticia de adentro sin condenar la de afuera, o aplaudir la injusticia de afuera sin sancionar la de adentro.