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No creáis nada por el simple hecho de que muchos lo crean o finjan que lo creen, creedlo después de someterlo al dictamen de la razón y a la voz de la conciencia. Buda.

DE LA NIÑEZ A LA SENILIDAD
*INFANCIA, JUVENTUD, MADUREZ, VEJEZ

Por Mauricio Prelooker
(Cap... IX La Economía del desastre, Pág.61 al 65)


Se puede caracterizar el primer ciclo de Kondrátieff (1789-1844) como la “infancia” de la economía de mercado, el segundo (1844-1893) como su “juventud”, el tercero (1893-1945) como su “madurez”, e el cuarto, desde la Segunda Guerra Mundial en adelante, como su “vejez”. Estamos sumergidos en la etapa caótica y terminal de un régimen que ha alcanzado sus límites extremos, sus últimas fronteras en el espacio y en el tiempo.

Pero la fase senil no reproduce los rasgos de las etapas anteriores. La vejez biológica presenta características que la diferencian netamente de la vejez histórica. En este último caso, lo que condena al régimen capitalista a la desaparición no es su debilidad sino su inmensa fuerza.

Una de las profecías de Oswald Spengler era que en la etapa de decadencia se desencadenaría una lucha abierta entre el dinero y el poder político. Su desenlace seria el triunfo de éste último: el gran historiador alemán lo llamaba el “cesarismo”. Pero resulta fácil refutar esa hipótesis, pues en la economía de mercado el poder político y el dinero coinciden. Emergieron juntos, y juntos desaparecerán.

Se puede luchar con pleno éxito contra el poder –o el no poder, según se verá después- del nuevo sector dominante, el polo financiero, cada vez más enfrentado con el sector institucionalizado, formado por los Estados y los mercados. Pero ero es imposible hacerlo adoptando la “reglas de juego” vigentes, aceptar nuevas reglas o restablecer reglas muy antiguas, adaptadas a los nuevos tiempos.

¿UN QUINTO CICLO?

¿Es posible el desarrollo de un quinto ciclo, durante el cual la economía de mercado superaría la situación que lo lleva al desastre en el cuarto?

Analicemos cómo operan sobre el régimen actual dos factores decisivos: a) La falta de inversiones en el sector productivo y en los servicios, provocada por lo que se puede llamar la” Contrarrevolución Financiera". b) La revolución Informática”. Cualquiera de estos dos factores, por sí solo, sería suficiente para provocar el colapso de régimen. Para colmo, ambos operan combinados, se acoplan y se refuerzan mutuamente, lo cual es mortífero para la supervivencia de la economía “de mercado”.

I. Los grupos financieros extraterritoriales manejan a su entera discreción los grandes “paquetes” monetarios y se han retirado prácticamente de las inversiones en actividades productivas y de servicios. Pero esa forma de operar representa para el capitalismo en su conjunto una verdadera contrarrevolución, pues lo asfixia.

II. La “Revolución informativa” puede ser dividida en tres fases sucesivas.

1. La “revolución del hardware”, vinculada con los “mainframes”, las grandes y costosas computadoras impuestas en el mundo en el mundo entero por IBM y otras empresas menores. Esta primera oleada tecnológica comenzó a fines de la década del 50 y 60 el régimen estaba en la fase ascendente del cuarto ciclo, que presenció el mayor auge conocido en la historia del capitalismo, gracias a la “economía del bienestar”, el “Welfare State” keynesiano, con pleno o semipleno empleo. En ese ámbito social protegido, quienes perdían su puesto tardaban poco en encontrar otro. La economía de mercado reabsorbía sin grandes trastornos las dificultades provocadas por la primera fase de la “Revolución Informática”.

2. La situación se modificó sustancialmente desde fines de la década del 70, y más aún a partir de los años 80, en la segunda fase, la “revolución del software”. Avanzaron las “personal computers”, las PC, más flexibles, livianas y baratas, que permitieron modificar las configuraciones de los sistemas informáticos, adaptándolas a las más diversas necesidades de los usuarios.

De este modo la “Revolución Informática” penetró en todos los poros de la sociedad y la economía. El “software”, la programación ya incorporada a los equipos informáticos presenta enormes ventajas en eficiencia, rapidez de adaptación del personal técnico y operativo, economía de medios y de esfuerzos, generalización de los procedimientos, diversidad de aplicaciones, etc. El “software” eliminó a los programadores individuales, que fueron reemplazados por analistas e ingenieros de sistemas.

Un puñado de talentos, organizados como verdaderos “trusts de cerebros”, elaboró programas para el mundo entero y logró un ascenso personal espectacular. El caso más notorio es el de Bill Gates, fundador de Microsoft, quien amasó en pocos años una inmensa fortuna creando “sistemas operativos” y otros “softwares” flexibles e ingeniosos, cuyo uso se difundió rápidamente.

La irrupción incontenible del “software” y de las PC en la actividad industrial completó la informatización de la sociedad. El ahorro de mano de primeros estudios sobre el tema.

¿Qué le ocurrirá a la gente ante los procesos informatizados, en un régimen donde para vivir hoy que disponer de dinero, y para obtenerlo se debe tener un empleo? Como se sabe, las empresas y los Estados necesitan cada vez menos personal humano. En consecuencia, en el marco actual no hay respuesta posible para esta pregunta.

Nadie duda de la trascendencia de la informática, tan importante para la humanidad como lo fueron el fuego, 500.000 años antes de nuestra era. Ser asimilados por la economía de mercado, por sus efectos económicos, sociales y políticos, aunque muchos adoptan la actitud del avestruz y se niegan a ver la realidad.

3. Pero ya está en marcha una tercera fase, de importancia muy superior: “la revolución de las redes”, con INTERNET a la cabeza. Es un salto cualitativo que preanuncia un nuevo tipo de sociedad. Se dice, esgrimiéndolo como un “argumento” aleccionador, que la informática “crea nuevos empleos”. Si, los genera, e incluso muy bien remunerados en algunos casos, para un aspirante entre cincuenta o más.

En síntesis, no existe posibilidad alguna de poner en marcha un quinto ciclo. La Revolución informática lo impide, quitando su empleo a quienes lo tienen y excluyendo a un número creciente de aspirantes del mercado de trabajo. La Contrarrevolución Financiera completa la tarea desde el extremo opuesto, privando de su capital de trabajo y de inversión a los capitalistas.

Actuando en forma combinada, ambas revoluciones han atado en la cuna el presunto quinto ciclo.

*LOS EMPRESARIOS, TOMO DOS ENTRE DOS FUEGOS.

Tomados entre dos fuegos – el desfinanciamiento debido a la “bomba de succión” del sector financiero, por una parte, y la contracción del mercado provocada por la Revolución Informática, por la otra, en algunos casos agravada por la desmonetarización, como ocurre en la Argentina- los empresarios deben realizar complicados cálculos de costo / beneficio para sobrevivir. Les queda una salida, y la han adoptado sin vacilar: “racionalizar” las empresas, “flexibilizando” y “desregulando” los aspectos laborales.

Los empresarios “racionalizan” sus negocios “optimizando” los procesos productivos y de servicios, reduciendo sus costos, reemplazando con grandes ventajas los hombres por máquinas comunes. , de control numérico o asistidas por computadoras y por “robots”. Sin embargo, no reaparecerá el movimiento de los “ludditas”, que a principios del siglo pasado rompían a mazazos las máquinas que los dejaban sin trabajo. El hombre actual adora la computadora, que considera casi símil a Dios en sabiduría y omnipotencia. Eso no impide que el ingenioso dispositivo ideado por John von Neumann y Horbert Wiener expulse del trabajo a millones de seres humanos, y en muchos casos los barra sin piedad de la faz de la tierra.

La “racionalidad económica” de este régimen no admite ninguna restricción de carácter social, ético, religioso, estético, humanitario o de cualquier otra naturaleza. No se equivoca nunca: “tecnologías de punta” para los procesos “rentables”, y “tecnologías de cola” cuando se trata de simples problemas humanos, secundarios para esta ideología antihumana. Aquí se sostiene, por el contrario, la imperiosa necesidad de emplear tecnologías “de punta” para resolver los problemas humanos. El “desarrollo científico-tecnológico” no deben quitar el sueño a nadie. Los hombres de mañana abordarán este tema de acuerdo con sus propios criterios, que no coincidirán con los de hoy.

Los hombres admiten con resignación e incluso con una irrazonable alegría la primicia de lo científico y lo tecnológico sobre lo humano. Han “comprado” esa “lógica” implacable, con la cual se sienten identificados. Se someterían de buenas ganas a todas las exigencias del régimen en el cual intentan sobrevivir. Resumido en una palabra simbólica, estarían dispuestos a “cocacolizarse” en su forma de pensar, de sentir, de vivir, a condición que se les permita mantenerse en el marco del régimen, que aceptan incondicionalmente.

Pero ni siquiera es adhesión sin límites los salva, pues se sigue expulsándolos de sus puestos de trabajo.

Frente a este cuadro, que parece salido de la descripción del infierno por Dante, es imprescindible terminar con la humanidad-ficción, con el doble y mortífero doble discurso del régimen, para el cual el “crecimiento”, el “progreso técnico” y la “rentabilidad” gozarían de prioridad absoluta sobre el destino de los pueblos.

La disyuntiva del mundo contemporáneo es singular y cruel. Cuando los empresarios se niegan a realizar inversiones, no se genera ningún nuevo puesto de trabajo. Pero la situación se vuelve aún más crítica cuando se deciden a hacerlas, pues éstas, por su carácter “racionalizador”, provocan la destrucción de los empleos existentes. En pocas palabras, el régimen capitalista se encuentra frente a un dilema insoluble: o bien no crea nuevos empleos, por falta de fondos, o bien, cuando hay inversiones reales, los puestos de trabajo escasos que aún subsisten se reducen todavía más. Esta situación inédita carece de opciones positivas en el marco actual.

*SPENGLER Y LA DECADENCIA DE OCCIDENTE.

El filósofo e historiador alemán Oswald Spengler (1880-1936) publicó entre 1918 y 1921 un libro poderoso: “La decadencia de Occidente”. Spengler comparó la cultura occidental con la de otras culturales, descubriendo un ciclo vital similar, de unos mil años. La forma espiritual, el sentido y los productos de estas culturas presentarían rasgos afines.

El historiador germano sostenía que Occidente ya había superado el estadio creativo de la “cultura”, y había ingresado en el estadio de “confort” de la “civilización”. Esta última constituiría su etapa final. Las civilizaciones florecerían y decaerían en forma similar a los organismos biológicos, y un verdadero rejuvenecimiento resultaría imposible.

Las diferencias entre las tesis spenglerianas y las de este libro son sustanciales. Mientras que las “civilizaciones”, según Spengler, perecen por haber agotado todas sus posibilidades históricas, la sociedad capitalista no puede continuar con sus ciclos y está al borde de la desaparición porque por su dinámica interna sus fuerzas han alcanzado un desarrollo excesivo e incontrolable. Además, se ha encaminado en una dirección errónea, que invierte las prioridades reales y vuelve imposible cualquier solución de los problemas. En esas circunstancias, su propia “naturaleza” la impulsa hacia la autodestrucción.

Pero no vale la pena derramar lágrimas sobre su fin. Es preferible concentrarse en los difíciles problemas de la transición, que deberá reconectar los nuevos tiempos con la tradición más profunda de la especie humana: la solidaridad entre sus miembros. Ser o no ser solidarios, ésta es la cuestión.