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No creáis nada por el simple hecho de que muchos lo crean o finjan que lo creen, creedlo después de someterlo al dictamen de la razón y a la voz de la conciencia. Buda.

LAS ESTRUCTURAS VERTICALES Y LAS HORIZONTALES
LOS TRASCENDENTES DESCUBRIMIENTOS DE GALTUNG

Por Mauricio Prelooker


Pasemos ahora de la esfera del no poder, típico de las “sociedades sin estados” al plano del poder concentrado por el cual se ha internado la sociedad contemporánea.

En 1980, el famoso matemático y sociólogo noruego Johan Galtung dio a conocer ideas fundamentales acerca d dos formas de organización social, que llamó estructuras Alfa y Beta. En ellas nos apoyamos para las consideraciones que siguen, de las cuales no es responsable el propio Galtung.

Las estructuras Alfa son de naturaleza vertical: un ejemplo característico lo ofrecen los conocidos organigramas. Las Beta se desarrollan en un plano horizontal y tienen forma de red.

Las estructuras verticales son representables por medio de dos esquemas. el primero tiene la forma de una especie de árbol invertido con ramificaciones cada vez más extensas y diversificadas “hacia abajo”. En estas estructuras, la información circula preferentemente desde arriba (el Centro) hacia abajo (Periferia).

En cambio, los flujos energéticos y materiales se realizan en medida mucho mayor en sentido ascendente. El centro emite órdenes, que la Periferia reciben acata y ejecuta. Pero no solo ordenes emite el Centro: también imparte instrucciones taxativas sobre todos los aspectos de la vida, establece modas, estilos y gustos, fija los límites entre lo permitido y lo prohibido y entre lo que se debe aceptar como la verdad y el error, dictamina en forma inapelable en materia política, científica, filosófica, antropológica, religiosa, ética estética, jurídica histórica, económica, psicológica, sociológica, literaria, industrial, comercial, bancaria, arquitectónica, gastronómica deportiva, etc.

El Centro, en suma, es el modelo social que deberíamos imitar, encarnado por personajes encumbrados de las más “Altas Esferas”, que respetamos, admiramos y con los cuales todos desearían identificarse y dialogar. Pero esta personalidad majestuosa deja de lado a los comunes mortales y los miran desde lo alto de su importancia con dignidad distante y glacial, acompañada muchas veces por el desprecio, siempre por la indiferencia, nunca por la compasión.

¿Qué clase de intercambio es éste? ¿Qué le dé el Centro a la Periferia a cambio de los cuantiosos beneficios que recibe de ella? Por decir verdad, le brinda mucho: modelos de vida, intensas aspiraciones, certezas que muchos comparten, aunque no sean ciertas, relatos de éxitos: las conocidas success stories de los norteamericanos, donde se alcanza siempre, en el plano imaginario, lo que todos ansían y muy pocos logran en la realidad. El Centro puede hacerlo porque muestra a la Periferia una estrategia hasta ahora victoriosas. A los “periféricos” les arroja en su estela, como salvavidas, una ideología de repuesto, que acopla el engaño con la resignación.

Ambas representan el anverso y el reverso de la misma medalla. De esa insalvable diferencia de niveles proviene el intercambio desigual establecido entre el Primer Mundo y todos los demás: petróleo contra dobles discursos, trigo contra esperanzas sistemáticamente frustradas, mano de obra barata contra ilusiones.

El conocido organigrama constituye la delicia o el tormento de quienes lo integran, según el lugar que ocupen. Describe las relaciones jerárquicas y las funciones que desempeñan los distintos niveles de los organismos estatales, las empresas privadas y las fuerzas armada, estructuradas en formas rígidas e inmutables. Las ramificaciones “hacia abajo” puede extenderse a cinco, diez o más escalones jerárquicos. En esta “cadena de mandos”, las órdenes, las instrucciones, las “manuales de operaciones”, circulan siempre en un solo sentido: de los niveles superiores a los inferiores.

LA SOCIEDAD MAYOR

En la parte superior de este gráfico encontramos la sociedad mayor, una estructura muy compleja. Allí intervienen personas, instituciones sociales respetables, respetadas y respetuosas de las relaciones de poder, como también medios masivos de comunicación, que saben lo que se debe transmitir o censurar y lo que corresponde callar, grupos de intereses, inaccesibles a cualquier sugerencia de cambios; finalmente, ideologías que motorizan el funcionamiento de las estructuras verticales.

La sociedad mayor opera por control remoto, sin hacerse notar demasiado. Pero durante las crisis interviene con rapidez, energía y decisión, impone reestructuraciones terminantes en los organigramas, medidas draconianas que afectan a toda la población, drásticos cambios en las normas operativas y en los objetivos fijados, modificaciones radicales en las relaciones internas y externas entre las personas, las instituciones y las empresas, etc.

Con el mismo estilo imperativo operan, “hacia abajo”, los sucesivos escalones de mando de la cadena jerárquica, que necesitan constantemente reafirmar y fortalecer sus posiciones, privilegios y reputaciones, catapultar sus ambiciones y demostrar su poder a propios y extraños, pues no deben quedar dudas sobre quién manda. El resultado final es un régimen permanente de temor, que afecta a las personas por razones de edad, de incapacidad o de excesiva capacidad, de hostilidad y/o de resistencia táctica o abierta hacia los escalones superiores.

Los afectados tratan de interpretar el sentido de las mutaciones impuestas “desde arriba” y transmitidas generalmente mediante mensajes velados, a veces casi incomprensibles, que pueden tener efectos temibles para la estabilidad laboral y el equilibrio psicológico de los ubicados en los escalones inferiores. Los agredidos intentan seguir haciendo lo que hicieron siempre, en el nuevo marco normativo que se les impone y que no pueden resistir abiertamente, pero contra el cual ejercen una resistencia sorda y generalmente eficaz.

Estas “revoluciones burocráticas” son el fruto de decisiones envueltas en un silencio impenetrable. Se desencadenan sin previo aviso como un vendaval, por medio de “purgas” y despidos, de efectos profundamente “stressantes”. Como saldo de ese “terror blanco” queda siempre un tendal de seres humanos liquidados en sus posibilidades de ascenso, y muchos heridos y resentidos, marginados indebidamente por otros, iguales o inferiores en jerarquía y en méritos. Dostoyevski podría haber cosechado entre estas víctimas del terrorismo administrativo a muchos de sus personajes inolvidables.

Además, las alteraciones casi permanentes de los “organigramas” deterioran su “operatividad” y su eficacia. Se trata por lo general de pesados “aparatos”, verdaderos paquidermos que se desplazan con lentitud exasperante, regidos por una regla universal: resistir en la mayor medida posible cualquier cambio. Una estructura Alfa es sinónimo de inmovilismo. Pero en los tiempos de la “Revolución Informática”, los cambios tecnológicos tienen un ciclo medio de tres meses. A este ritmo vertiginoso e insostenible para el hombre, que no es una máquina, el temor ante cualquier novedad inspira a los estratos inferiores la necesidad desesperada de aferrarse a las reglas conocidas. Las consecuencias son fatales para las organizaciones verticales y sus desdichados integrantes, que padecen trastornos digestivos, sexuales, reumatológicos, cardiovasculares, hormonales, neurológicos, psicológicos, caracterológicos. La vida en las estructuras alfa es un pequeño infierno, un suplico permanente, que no cesa ni siquiera durante el sueño, atormentado por pesadillas, bruscos despertares, sudores fríos, repentinas impotencias, angustias sin fin. El hombre no puede cambiar de camisa dos veces por día ni de “módulos”, “configuraciones”, “organigramas” o “sistemas operativos” varias veces por año.

En otras palabras, las estructuras verticales están hechas a la medida del régimen capitalista, no del hombre. Éste necesita permitirse pausas, reflexionar, holgazanear, hacer el amor, fantasear, dormir, jugar, inventar o repetir chistes, trabajar de vez en cuando, nunca en exceso, a la manera de los bosquimanes y los aborígenes australianos.

En el gráfico, a la derecha del directorio se encontrará siempre a un pequeño grupo de asesores, que forman el “staff”, fuera de la “línea”, pues” reporta “directamente a la “Alta Dirección”. Sus miembros son los cerebros pensantes de las estructuras Alfa. A pesar de su importancia, aceptan quedar excluidos de línea de mando, mientras sus servicios sean bien remunerados. Esa exclusión se justifica. Ningún “ejecutivo”, sobre todo se ha comenzado su escalada hacia la cumbre como asesor, admitirá que un ex colega le pise los talones y lo desplace. La caza del probables competidor se convierte en uno de los deportes favoritos de los “ejecutivos”. En vez de detectar a los más competentes para incorporarlos a los niveles de dirección para encontrar las mejores soluciones, este régimen basado en la” competitividad” emplea un método sui géneris de selección de personal: opta siempre por los menos aptos. Esto es tan cierto que la búsqueda de ejecutivos realmente capaces se ha convertido en una compleja tarea, confiada a firmas consultoras independientes.

Como se ve, en el campo social las ideas darwinianas funcionan exactamente al revés de los que postularon sus partidarios. Los biólogos modernos debieron abandonar el principio de la “selección natural” porque este principio difiere de la evolución real de los seres vivos. Hubo que reemplazar es muletilla anticuada por otro criterio más moderno, la “deriva natural”, que significa buscar cualquier solución viable, aunque no sea óptima desde un punto de vista estrictamente racionalista.

En todo “organigrama” rige la “ley del gallinero”: quienes están ubicados “arriba” arrojan sus residuos sobre los de “abajo”, que sus superiores consideran los únicos responsables de todas las deficiencias de las estructuras verticales. Actúan así para impedir que los más capaces entre los de “abajo” puedan ascender por la escala jerárquica hasta el morado bienaventurado de los Olímpicos, a la cual los jerarcas han trepado primero.

Las leyes de esta escalada son inflexibles. A veces, bastará conocer cuál es la ubicación de un banquete donde se festeja un acontecimiento, en la tarima donde asume sus funciones una nueva autoridad, en el palco escénico desde donde se presencia un espectáculo o en la tribuna desde la cual algún personaje importante se dirige al público, para pronosticar con precisión cuál será el destino de esa persona en una estructura Alfa.

Y eso es vital, pues del favor de “los de arriba” dependen los salarios futuros del andinista jerárquico, su ascenso más o menos rápido a los niveles medios o superiores, que representan su propia autoestima. Se estiman si ellos los estiman, quieren perfeccionarse si los alientan aquellos a quienes respetan o temen, decaen anímicamente si los de arriba no los tienen en cuenta o los desprecian. Necesitan recibir las radiaciones benéficas emanadas de esos seres superiores para sentirnos reconfortados, para seguir confiando en sus posibilidades de progreso, para creer que aún les será posible “triunfar en la vida”.