Los perejiles

Siempre se habla, siempre se hablará de ellos: que los secuestraron, que los torturaron, que los arrojaron vivos al mar. Sus padres, sus hermanos y también sus asesinos los nombran, los recuerdan. Están en el centro del debate, en el centro de la estremecida conciencia moral de la república. Son nuestros desaparecidos. A la gran mayoría se les suele aplicar un concepto casi despectivo. Se les dice “perejiles”. Será apropiado preguntarnos por qué.

Supongo que nadie ignorará el tipo de frases que se pronuncian sobre ellos. Se dice, por ejemplo: “la mayoría de los desaparecidos eran perejiles”. Se dice: “los que pusieron el cuerpo fueron los perejiles”. Se dice: “Fulano no había hecho nada, era un perejil”. La imagen que va tomando forma es la de una especie de seres cándidos, manipulados, inofensivos, jamones del sandwich, atrapados entre el mesianismo de la dirigencia guerrillera y la impiedad absoluta del Ejército represor. Patéticos seres que murieron por error, por estar, ingenuamente, en el centro de una desmesura histórica. Seres que murieron por nada, O peor aún: que murieron por tontos.

Detengámonos en la palabra: “perejil”. Sirve, exhaustivamente, a sus propósitos. Dice lo que se propone decir. “Perejil” es un ser silvestre, ingenuo. Es, claro, un “jil”. O, más exactamente, un gil”, con toda la carga despectiva que esa palabra tiene en la lengua coloquial argentina. Es, también, un anónimo. Un ser alejado del Poder, que ignora los mecanismos profundos de la historia, que no sabe por qué actúa, que cree saberlo pero que no lo sabe, ya que es un manipulado. Así, la palabra nos acerca a uno de sus significados más precisos: los “perejiles” son “Pérez giles”. Es decir; anónimos tontos. ¿Hay algo más anónimo que llamarse Pérez? ¿Hay algo más patético, desvalido, insignificante que ser un Pérez gil?

¿Quiénes fueron? Básicamente fueron los militantes políticos de Superficie de la década del setenta. Los que quedaron para las balas fáciles y abundantes de la Triple A cuando Montoneros pasó a la clandestinidad. Los que dieron sus nombres para las listas electorales del Partido Auténtico. Los militantes de las villas. Los profesores de “todos los niveles de la enseñanza”, como les gusta decir a quienes los mataron u ordenaron sus asesinatos.

Los médicos de las comisiones hospitalarias. Los periodistas de izquierda. Los militantes sindicales, los que estaban al frente de las comisiones internas laborales. De éstos, muchísimos.

El lenguaje de la dictadura incurrió en una vaguedad deliberada y feroz cuando acuñó el concepto de “subversión” y lo utilizó en lugar del de “terrorismo” o “guerrilla”. La “subversión” era más que el terrorismo, más que la guerrilla, que eran la “expresión armada” de la subversión. La subversión era todo cuanto atentara contra el “estilo de vida argentino” o contra el “ser nacional”. Y como “estilo de vida argentino” o “ser nacional” eran indefinibles y, por consiguiente, absolutos, “subversión” podía ser cualquier cosa. Una de las características del terrorismo de Estado es la a-tipificación del delito. Nadie sabe qué habrá del convertirlo en culpable. Nadie sabe los motivos de la culpa o la inocencia, ya que estos motivos no están tipificados. Y no lo están porque el Estado terrorista los reserva para su exclusivo arbitrio. Serán culpables los que el Estado decida que lo son y por las razones que el Estado decida.

Cierto día, en el programa de Mariano Grondona apareció decidido ideólogo de la derecha argentina, Vicente Massot. Incurrió en algunas desmesuras como comparar a Videla con Churchill y Eisenhower, con lo que cabe suponer que la dictadura militar argentina enfrentó a potencias similares a las del Eje. Pero convengamos, la desmesura es el estilo de la derecha. Hubo otras desmesuras en el discurso de este ideólogo que tienen mayor relación con nuestra temática. Intentando demostrar que los militares enfrentaron una “guerra” a partir de 1976 (el argumento d la legalización procesista se centra en la cuestión de la “guerra” si hubo “guerra” todo lo demás se justifica de inmediato, porque en una “guerra” hay “excesos”, mueren inocentes” y mucho mas si, como dicen, se trató de una “guerra no convencional” o “sucia”, es decir, ni siquiera sometida a las leyes elementales de 1as guerras), Massot dice que la guerrilla tenía un “sofisticado aparato de superficie”. Obsérvese la palabra: “sofisticado”. Este concepto de la sofisticación subversiva costó millares de vidas en Argentina. La guerrilla era tan “sofisticada” que todos éramos subversivos. O “potencialmente subversivos”, que era un sello que le ponían a miles que echaban de sus trabajos... muchos hacia la muerte.

¿Quién no recuerda la teoría del “peine grueso” y el “peine fino”? Primero, había que pasar el “peine grueso”, liquidar el “brazo armado” de la subversión. Y luego, el “peine fino”. Es decir, el “sofisticado aparato de superficie”. Periodistas, sacerdotes, obreros, escritores, historietistas, amigos, familiares.

Eran los perejiles. Vemos los rostros doloridos de sus padres. Vemos las justificaciones torpes y, a la vez, crueles de los que estuvieron junto a quienes los mataron. Vemos las confesiones de sus asesinos. Nos dicen: “los adormecíamos, los llevábamos en aviones y los arrojábamos al mar”. Estas confesiones terribles nos los presentan como víctimas, como derrotados. Como irrecuperables derrotados. Y de pronto, vemos sus rostros. Aparece el rostro de alguno de ellos en el televisor. O en el diario en que los familiares publican sus fotos para recordarlos. Y son jóvenes, conmovedoramente jóvenes. Y advertimos que estaban llenos de vida,  muy seguramente, de alegría.

No eran “perejiles”. Si los engañaron, si los mandaron al muere las dirigencias, la culpa no es de ellos, es de las dirigencias. Tendrán que cargar para siempre con ese pecado de soberbia y mesianismo. Si los mataron los represores, serán éstos, los represores quienes cargarán para siempre con la eterna condena de la sociedad que opta por la vida y por la justicia.

Eran, sí, los llamados “perejiles”, hombres y mujeres de superficie No eran sofisticados. Daban la cara. Creían en causas comunitarias buscaban una sociedad mejor. No murieron por tontos. No murieron en vano. Murieron por generosos. Ya nadie muere ni se enferma de eso en nuestros días.

Fragmento del libro "La sangre derramada" de J.P.Feinmann