HISTORIA DE LA SEGREGACIÓN DEL URUGUAY

 

 El siguiente texto es fue extraído del libro Política Británica en el Río de la Plata de Raúl Scalabrini Ortiz

 

Es difícil demostrar, como no sea con deducciones y presunciones que suelen no convencer a los espíritus prevenidos, que el predominio comercial y financiero de Inglaterra fue obra del prevaricato de los dirigentes y no una necesidad nacional. Es difícil, porque el soborno no queda testificado en documentos. Pero los asuntos internacionales son menos manuables. Un dirigente puede hacer creer que actúa en deducción de doctrinas cuando entrega una concesión al extranjero, pero no hallará doctrina ni teoría en que asirse para justificar las amputaciones de territorio nacional. La historia de la desmembración es por eso utilísima. En ella resalta con perfiles nítidos la eficacia perniciosa de la diplomacia inglesa.

Está de mas decir que estos trabajos no están estimulados por ninguna voluntad reivindicatoria, que estaría fuera de lugar, porque la política debe partir a cada momento de los hechos consumados, sino sobre el afín de mostrar en pleno trabajo al adversario común de la paz, la seguridad y del bienestar de los pueblos.

Comencemos narrando los hechos que terminan segregando la provincia argentina asentada en la Banda Oriental del Río de la Plata.

La Banda Oriental fue la base estratégica del contrabando de Inglaterra y de Portugal, durante el período colonial. Desde allí se introducían clandestinamente negros esclavos, telas, alimentos y mercaderías generales. Imposible es proporcionar valores de lo ilegal, pero de la cuantía del contrabando es síntoma revelador lo decomisado. En sólo diez años de 1606 a 1625, ascendió a 5.041.149 reales plata, según datos de García en La Ciudad Indiana. Otro síntoma es la corrupción de la estructura superior social y burocrática de la colonia, provocada por los contrabandistas. «Desde el alto empleado, hasta el esclavo, dice García, todos vivían en una atmósfera de fraude, de mentiras y de cohechos. La sociedad se educaba en el desprecio de la ley que a poco andar se transformaba de idea en sentimiento, contaminando la inteligencia y la moralidad del criollo». «Cuando, se conseguía sobornar a los virreyes y a los gobernadores los negocios prosperaban la vida se encarecía y en medio de la mayor abundancia, el pueblo sufría hambres y miserias.» Exactamente lo mismo que hoy, por lo visto.

Mantener el dominio de esa base estratégica, llave del Río de la Plata y de la cuenca de los ríos Paraná y Uruguay, será el centro magnético de la política inglesa ya su alrededor se tejerá una típica maniobra de su diplo­macia. Para comprenderla no debemos olvidar que la casa reinante de Portugal estaba subordinada por tradición secular a la política inglesa, a tal punto que hablar del interés de Portugal es hablar del interés de Gran Bretaña.

La diplomacia inglesa va a trabajar en la fundación de un pequeño estado que por su pobreza de recursos estará forzosamente supeditado y que le servirá de base para someter a las más poderosas Provincias Unidas del Río de la Plata. Desde esa base de operaciones doblegaría fácilmente todas las posibles rebeliones

 

Antecedentes

Desde antes de la Revolución de Mayo, lord Strangford, embajador de la Gran Bretaña ante la corte portuguesa instalada en Río de Janeiro, comienza sus tentativas y hace enviar un comisionado, don Francisco Javier Curado, a proponer a Liniers que la margen oriental del Río de la Plata, se pusiera bajo la protección de Portugal. Que esa proposición era una maniobra inglesa lo demuestra el carácter de la amenaza que como intimidación se hacía. En caso negativo se afirmaba textualmente: «Portugal haría causa común con su poderoso aliado, Inglaterra, contra el pueblo de Buenos Aires y todo el virreynato del Río de la Plata». La propuesta fue contestada enérgicamente con la expulsión del comisionado. (Saldías, tomo 1, pág. 168.)

Poco después de 1810, el gobierno de las Provincias Unidas puso sitio a Montevideo, teniendo bajo su soberanía todo el territorio de la Banda Oriental. Esta circunstancia no convencía a la política inglesa. Las dos márgenes estaban pobladas por hombres de una misma raza, de una misma creencia, de idénticas tradiciones y de consumarse la anexión en los primeros tiempos de la independencia hubiera sido casi imposible proceder más tarde a la segregación.

La diplomacia inglesa consigue que un ejército portugués a las órdenes de don Diego de Souza, trasponga las fronteras del Uruguay en julio de 1811, con el pretexto de reprimir atentados cometidos por las caballerías irregulares de los orientales. Lord Strangford se manifiesta contrario a este avance de las tropas portuguesas con lo cual, en apariencia se presenta en situación amistosa con el gobierno de Buenos Aires. Pero que este avance contaba con el auspicio inglés es indudable porque el almirante Sidney Smith la apoyaba decididamente. ¿Y dónde se vio que un almirante de la Gran Bretaña desobedeciera las instrucciones de sus embajadores y se entrometiera a contrariar su política? La maniobra era clara. Por un lado Inglaterra se ofrecía oficialmente en amistad a Buenos Aires. Por el otro, impedía con un personero que Buenos Aires tomara posesión del territorio comprendido dentro de los límites del virreinato. Lord Strangford se ofrece entonces como mediador y llega a un acuerdo con el agente en Río de Janeiro del gobierno de Buenos Aires, don Manuel de Sarratea. Por ese acuerdo debía cesar la invasión portuguesa en la Banda Oriental, al precio de que la Revolución de Mayo y el gobierno del Río de la Plata entregasen a Portugal y a Inglaterra su futuro destino, «depositando en sus manos, y confiándoles su futuro destino», dice textualmente Pereira da Silva en Historia da Fundaçao do Imperio Brazileiro. Este acuerdo no fue ratificado y la primera tentativa diplomática inglesa quedó frustrada.

Vamos a omitir todos los detalles que nublan el conjunto y a referimos a los hechos notorios y orientadores. La segunda invasión portuguesa se produce en 1816 bajo la dirección del general Lécor, barón de la Laguna, quien entra bajo palio a Montevideo el día 20 de enero de 1817.

«En medio de la desolación que iban dejando los portugueses, escribe el historiador Saldías, incendiando pueblos, robando cuanto encontraban y cometiendo todo género de crueldades, Artigas se levanta solo como un héroe y reconcentrándose en sus posiciones en el interior de la provincia, hacía que don Fructuoso Rivera sitiara a Montevideo con el objeto de interceptar a Lécor del resto del ejército de ocupación.» Artigas fue deshecho en su campo de Tacuarembó el 14 de febrero de 1820 y el 31 de julio de 1821 los comandantes y cabildos reunidos en Asamblea declararon que «la Provincia Oriental del Uruguay se incorpora al Reino Unido del Portugal, Brasil y Algarbes, tomando el nombre de Provincia Cisplatina».

Los gobiernos de Buenos Aires parecían haberse desentendido de los problemas de la Banda Oriental. Salvo una enérgica protesta en marzo de 1817 y los auxilios que pueden habérsele proporcionado a Artigas, nada se hizo para recuperar el territorio usurpado. Es que la diplomacia inglesa estaba preparando lentamente el espíritu público argentino en un sentido favorable a la escisión del Uruguay. Fue un trabajo lento que se desplegó mediante las hojas periódicas, tratando de imbuir a los intelectuales y conductores un real desprecio por las cosas de la otra orilla. Se presentó a Artigas como un bandido en el momento en que era el único hostigador de las fuerzas portuguesas de ocupación. Se escarneció al tipo humano de la campaña oriental dándole características salvajes y cerrilidad indomable. Se habló de las inconveniencias que para las Provincias Unidas tenía el ser limítrofe con un rival tan poderoso como Portugal. En fin, se hizo un trabajo de zapa para preparar el espíritu público.

 

Maniobrando entre sombras

En 1821 se reincorporan a la vida pública porteña dos políticos cuya actividad no se había definido como obediente a dictados de la necesidad nacional. Uno venía de Río de Janeiro, era Manuel J. García. Otro venía de Londres, era don Bernardino González Rivadavia. Los dos aseguraban creer que la independencia de la Banda Oriental era asunto conveniente a los intereses de Buenos Aires.

Según el historiador López, gran admirador de García, este ministro «probaba a quien quisiera tomarse el trabajo de verlo que ese territorio no podía ni debía ser jamás integrante o provincia de la República Argentina y que si los orientales necesitaban reconquistar la independencia que habían perdido, ésa era una empresa que sólo a ellos atañía». «Para él, el verdadero sentimiento popular de los orientales era tan hostil y dañino contra los argentinos, como lo era contra los portugueses y creía que ese sentimiento de aversión era el que explicaba el poder y la popularidad de que había gozado Artigas.. .» García olvidaba que igual animosidad contra Buenos Aires, se había encontrado en todas las provincias erizadas por el despotismo no práctico con que Buenos Aires manejaba los negocios públicos y que de haberse dejado canalizar esa hostilidad, hubiera terminado por fraccionar el territorio nacional en por lo menos catorce pequeñas repúblicas.

«García no ignoraba, o por decir mejor, sabía bien que Inglaterra tenía ideas propias y reservadas respecto de Montevideo», continúa López. «Y, en efecto, la diplomacia inglesa había estado estudiando desde el tiempo colonial la cuestión política y comercial del Río de la Plata en lo íntimo de los misterios e intrigas de la casa de los Braganza y se había formado la opinión de que a su comercio le convenía que las cosas se resolviesen de modo que ninguno de los dos poderes más fuertes se quedase con la navegación exclusiva del río, o dueño por lo menos de sus dos riberas. El ministro argentino creía que Inglaterra se equivocaba...»

Es cierto que el señor García tenía en sus bolsillos una preciosa caja de rapé fabricada en carey, orlada de brillantes y una plancha de oro con la efigie de Jorge IV obsequio del mismo rey. No menos cierto es que fue incansablemente acusado de traidor, de servidor de Inglaterra y que debió ser protegido frecuentemente por los representantes ingleses.

Pero ni el pueblo de Buenos Aires, ni el pueblo del interior, ni los conductores afianzados en ellos dejaron un momento de proclamar la necesidad de reconquistar la soberanía de la provincia invadida.

Nuevos acontecimientos, ajenos a los asuntos de las Provincias Unidas, vienen a influir sobre su conducta respecto a la Banda Oriental. En septiembre de 1822 el Brasil se declara independiente. Poco después Portugal reconoce su independencia y las tropas portuguesas son retiradas del Uruguay. Montevideo queda en posesión de las tropas brasileras, mandadas por el barón de la Laguna.

En Buenos Aires se comienza a hablar con un patriotismo que se exalta de más en más. La reincorporación de la Banda Oriental es punto de honor desde ese momento. La política británica ha cambiado. Inglaterra permanecía tranquila mientras la posesión de Montevideo pertenecía a un gobierno tan doblegado a su arbitrio como el gobierno portugués, pero el nuevo estado americano puede escapar alguna vez de su control y está con respecto al Uruguay en las mismas condiciones que las Provincias Unidas. Además, el nuevo gobierno brasileño se obstina en incorporar a su soberanía la Provincia Cisplatina y rechaza toda insinuación en cuanto a su independencia completa. «El Imperio del Brasil», dice en nota del 6 de febrero de 1824, el ministro Carbalho y Melo, «no puede entrar en negociaciones con el de Buenos Aires que tengan por base la cesión del estado cisplatino que el Imperio no podrá abandonar»; «cuando la fidelidad que tanto distingue los cisplatinos y la dignidad del imperio brasileño son otros tantos obstáculos a cualquier negociación que los comprometa». Era evidente que por medios exclusivamente diplomáticos, el Brasil no se desprendería del Uruguay. La diplomacia inglesa, no contaba, además, con los medios coercitivos con que podía torcer la opinión del gobierno portugués. La era de la emancipación del Uruguay va a dar comienzo. Las Provincias Unidas del Río de la Plata iban a ser las encargadas de doblegar el orgullo y autonomía de voluntad del gobierno brasileño, pero iba a ser Inglaterra la que saliera gananciosa con la fundación de un nuevo pequeño estado en las bocas del Río de la Plata, dotado del mejor puerto de ultramar.

El 17 de abril de 1825 desembarca en e1 Uruguay el general Lavalleja con treinta y tres soldados. Iban a combatir contra el imperio del Brasil. ¿Era ésta una empresa alocada? Treinta y tres hombres no son muchos por Sí mismos para emprender una campaña contra un enemigo poderoso, dueño de todas las riendas del país. que maneja en posesión tranquila por los menos desde cinco años atrás. Pero pueden ser un buen pretexto para que inicien su acción fuerzas más poderosas.

Lavalleja no estaba ni desguarnecido ni disminuido de medios. «Ayer a la noche», le escribía el cónsul brasileño al comandante imperial de la colonia, «se me avisó que pasaron para esa Banda Oriental, hace tres o cuatro días, Lavalleja, Manuel Oribe, Alemán y otros oficiales con veinte o treinta soldados, con bastante armamento y mucho dinero». ¿De dónde había salido ese dinero? ¿De dónde había salido el dinero para adquirir las armas? Tales son las primeras preguntas que se formula un criterio razonable.

El dinero y los planes habían sido proveídos por los elementos adheridos al comercio inglés, por los elementos de la oligarquía porteña, por los mismos elementos que poco tiempo antes consideraban que la opinión del ministro García resumía perfectamente la de ellos mismos. Los recursos fueron proveídos por Juan José y Nicolás Anchorena y un grupo de ricos propietarios y comerciantes porteños, todos agentes de casas inglesas y endeudados hacia ellos. ¿No es ésta una semiplena prueba de que la diplomacia inglesa había instigado suavemente desde la penumbra la empresa de Lavalleja que debía arrastrar a la guerra al gobierno de Buenos Aires? ¿Y no es la mejor prueba de que sólo servir los intereses británicos se buscaba, el hecho de que casi simultáneamente con la invasión de Lavalleja el ministro García ya estuviera procurando la intervención de Inglaterra como mediadora?, según M. Parish lo comunica a Canning en junio 10 de 1825. ¿Qué independencia de criterio hemos de suponer a un gobierno que nombraba cónsul en Londres a un negociante inglés, John Hullet? ¿Cómo hemos de suponer que los hombres de gobierno iban a contrariar los deseos del ministro inglés, si llegaban hasta la infidencia para congraciarse con él, pasándole copias de las notas reservadas que otros gobiernos amigos enviaban al gobierno argentino, como la nota confidencial que envió el ministro de Estados Unidos, Forbes, protestando contra las posibles concesiones a Inglaterra en febrero de 1825 y que Parish envió a Canning, según lo documenta Rippy en su libro ya citado?

Lavalleja tuvo éxito en sus campañas iniciales y obtuvo triunfo completo en Sarandí. Los patriotas orientales se reunieron en un congreso en el pueblo de Florida y declararon que el anhelo y voluntad de esos pueblos había sido siempre constituir una de las provincias argentinas en comunidad de régimen con las demás.

A partir de ese momento los hechos se precipitan en Buenos Aires. La anexión de la Banda Oriental y la necesidad de proveer a su defensa justifica un sinnúmero de urgencias. Se crea un ficticio cuerpo nacional Se destituye al gobernador Las Heras, que contaba con la simpatía y la adhesión de todos los gobiernos provinciales y se nombra presidente al señor Rivadavia que era repudiado por todos. Años más tarde decía en Chile el general Las Heras: «Si no me hubieran intrigado, yo hubiera reunido 20.000 hombres, porque todos los caudillos incluso Bustos tenían confianza en mi palabra ya la cabeza de ese ejército, no digo en Río Grande, en Río de Janeiro también hubiera yo puesto en amargos aprietos a los portugueses». Eso pudo ser efectivamente cierto, pero en ese caso la Banda Oriental hubiera sido una provincia argentina y eso no era lo que buscaba la diplomacia inglesa. La diplomacia inglesa quería que actuaran fuerzas equilibradas y que no tuviesen posibilidad de aniquilarse totalmente, para así tener ella el mando efectivo como mediadora, que es lo que sucedió.

En el nuevo gobierno presidencial, el señor García era ministro de Negocios Extranjeros. Inglaterra estaba segura.

La maniobra inglesa va siendo evidente para los espectadores. El cónsul norteamericano Forbes escribe en junio de 1826 a su gobierno: «Lo que yo había predicho se cumple: se trata nada menos que de la elección de un gobierno independiente y neutral en la Banda Oriental, bajo la garantía de Gran Bretaña... es decir sólo se trata de crear una colonia británica disfrazada».

«O verdadero auxiliar de Buenos Aires é Inglaterra», escribe a su gobierno el representante brasileño en Londres, vizconde de Itabayana, en oficios secretos del 18 de marzo y 15 de abril de 1826, transcriptos por José León Suárez en un artículo publicado en diciembre de 1928. Inglaterra, dice Itabayana, que «qrer dar a Montevideo a forma de cidade hanseatica sub a sua proteccao para ter a ella a chave do Río da Plata como tem a do Mediterráneo e Báltico». Añade luego Itabayana que Mr. Canning luego de insinuarle este «inicuo proyecto» le dijo que para realizarlo quiere ser mediador «y quiere serlo tan a toda fuerza que me intimó que si el Brasil no hiciese la paz con Buenos Aires dentro de un plazo de seis meses, es decir, si no cede la Banda Oriental, la Inglaterra se declarará a favor de Buenos Aires y contra el Brasil».

El general Alvear, ministro de Guerra argentino, ha comenzado recién sus operaciones cuando ya Canning, a pedido, según se dice, de ambas partes, ha designado un mediador, lord John Ponsomby. El objetivo de la misión Ponsomby es delicado y difícil porque no se trata solamente de obtener la creación del nuevo estado, sino, además, de que esa creación aparezca como una proposición de los mismos beligerantes y no de Inglaterra. Inglaterra no quiere aparecer públicamente como perjudicando a ninguno de los países. La tercera dificultad es que Inglaterra tampoco quiere garantir ese nuevo estado, quiere que su existencia esté garantida por los causantes del entredicho. Su gestión dura dos años y es una obra maravillosa de perseverancia, de astucia y de cinismo.

En un momento de malhumor, el mismo Ponsomby confesará el objetivo secreto de su misión, según lo describe José León Suárez en el trabajo mentado. «Los representantes de Inglaterra en Río de Janeiro y Buenos Aires», dice Suárez, «señores Gordon y lord Ponsomby, respecti­vamente, gestionaron y presionaron a ambos gobiernos para que transaran en sus pretensiones e hicieran la paz. Así como en Londres, Inglaterra aparecía en favor de las Provincias Unidas, aquí en Buenos Aires, lord Ponsomby parecía patrocinar al Brasil en cuanto, desde su llegada, desarrolló la política de convencerlo de que la máxima aspiración debía limitarse a la independencia de la provincia disputada. Consta en carta de don José María Roxas, presidente de la Cámara de Diputados en 1827, luego ministro de Relaciones Exteriores de Dorrego en 1828, que inculpándole a lord Ponsomby que el objeto principal de la mediación fuera “la independencia de la Banda Oriental para fraccionar las costas de la América del Sur”, el viejo aristócrata británico se amostazó y puso en evidencia, con énfasis, la verdad, diciendo brusca y sentenciosamente: “El gobierno inglés no ha traído a la América a la familia real de Portugal para abandonarla y la Europa no consentirá jamás que sólo dos estados, Brasil y la Argentina, sean dueños exclusivos de las costas orientales de la América del Sud, desde más allá del Ecuador hasta el Cabo de Hornos”».

Lord Ponsomby puede coaccionar a los dos gobiernos porque tiene todos los resortes en la mano. Posee la adhesión de las clases dirigentes en ambos países. Inglaterra es la proveedora de armas, de ropas, y hasta de alimentos. Inglaterra maneja la marina de ambos países. Los almirantes de ambas escuadras y los principales comandantes de barcos, son ingleses. Guillermo Brown es almirante de la flaca escuadra argentina. Lord Cochrane de la brasileña. En el oficio que el cónsul británico en Río de Janeiro, Gordon, escribe al primer ministro inglés Dubley, sucesor de Canning, se confiesa esta situación grotesca. «Las principales y en realidad únicas operaciones de guerra», escribe con fecha de octubre 10 de 1827, «se hacen por mar. No entre brasileños y españoles, sino por extranjeros, en su mayoría ingleses, y no es alejarse de la verdad decir que la guerra entre Brasil y Buenos Aires se mantiene actualmente entre ingleses, en directa contravención de las leyes de Inglaterra, con capital británico... No hay menos de 1.200 marineros ingleses en la flota brasileña... El jefe de la escuadra bloqueadora en el Río de la Plata es un inglés», dice Gordon, «y el jefe de la flota de Buenos Aires lo mismo; sus dotaciones inglesas, cuando caen prisioneras, sin vacilación se unen a sus compatriotas alistados del lado opuesto y, a veces, vuelven a cambiar, a causa de malos tratamientos o por inclinación al ....... Las últimas noticias de Montevideo dicen que una hermosa goleta brasileña, con 14 cañones y con dotación completa de marinos ingleses se pasó al enemigo...»

La maniobra de lord Ponsomby estaba, pues, muy simplificada. Cuando el gobierno brasileño se mostraba reacio a sus indicaciones, la escuadra brasileña sufría un contraste. Cuando el gobierno argentino se infautaba por sus victorias, el bloqueo y por ende la miseria, se ajustaba.

Además, como si no fuera bastante, Inglaterra tenía un sistema extraordinario de espías y de agentes en los cuerpos de ambos ejércitos, que comunicaban toda incipiente reacción contra la voluntad inglesa o hacían llegar a los jefes, junto con tentaciones, los procedimientos con los cuales obtendrían su entero beneplácito. Tentando, intimando, prometiendo, negándose terminantemente a comunicar nada por escrito para no dejar constancias, Ponsomby, con procedimientos pocos correctos, por cierto, va maniatando a ambos gobiernos hasta lograr sus propósitos ampliamente. Vamos a detallar algunas de las circunstancias más notorias.

La primera dificultad que debe vencer Ponsomby es la seguridad que en su propia fuerza tiene el Gobierno Imperial del Brasil. El gobierno brasileño cree, a mediados de 1826, que las Provincias Unidas, anarquizadas y empobrecidas, no podrán oponerle resistencia seria ni a sus tropas ni a su escuadra.

Ponsomby le muestra al ministro Lnhambupe hasta qué punto depende de la ayuda de Inglaterra y con buenos términos le amenaza dejar sin dotación sus buques. En su comunicación a Canning de agosto 11 de 1826 cuenta la entrevista. «El ministro brasileño hizo una insinuación», cuenta Ponsomby, «respecto a los sentimientos personales del emperador y a su determinación de continuar la guerra, la que evité contestar directamente, pero continué abogando en favor de la paz, señalando los peligros que la guerra exponía al trono, que aunque Buenos Aires podía sufrir y sufría por esta hostilidad no era éste un perjuicio capaz de hacer ceder, empeñado en la contienda por múltiples sentimientos... que todas las naciones lesionadas en sus intereses comerciales estaban grandemente excitadas y demostraban sus sentimientos de disgusto y desaprobación ante los beligerantes y, especialmente, contra la parte que parecía menos dispuesta a escuchar propuestas de paz... que esos sentimientos podían muy pronto hacer gravitar sobre los gobiernos de esas naciones y ser la causa de la adopción de medidas para impedir a sus respectivos súbditos, servir en la guerra en las filas de cualquiera de los beligerantes; y que esa medida traería la total inhabilitación del Brasil para continuar la guerra por mar, pues, como él bien lo sabía, las tripulaciones de los barcos brasileños estaban compuestas en su totalidad por elementos extranjeros... Le rogué», sigue Ponsomby, «que tuviera presente que el crédito estaba. agotado y no había probabilidad de más empréstitos y que unos pocos pesos más podían significar lo irremediable... que el gobierno británico había prevenido claramente al gobierno del Brasil de las consecuencias que podría acarrearle la prosecución de una insistente política belicosa...»

En nota del 21 de agosto de 1826, Canning aprueba la conducta de Ponsomby y dice que «si el éxito naval de Buenos Aires continúa tan marcado como el último despacho de Mr. Parish lo describe, el emperador se persuadirá de que debe introducir enmiendas en la propuesta, antes de empezar a sufrir las consecuencias de una guerra de resultados adversos que necesariamente debe acarrear al Brasil...»

Ponsomby parte para Buenos Aires sin llevar ningún documento concreto, pero con la seguridad de que el orgullo del gobierno imperial brasileño sólo podrá doblegarse con rudos contrastes marítimos y terrestres, y con ese criterio obrará a favor de Buenos Aires, a quien, sin embargo, desdeña en todas sus manifestaciones. Poco después de su arribo a esta capital escribió a su amigo Charlie Bagot: «Nadie vio jamás un sitio tan desagradable como Buenos Aires. Difícil expresarlo. Nunca ningún paraje me disgustó tanto y suspiro cuando pienso que podré quedar aquí. Siempre tengo a Italia en la memoria para aumentar mi mortificación en esta localidad de barro y osamentas pútridas. No hay carreras, ni caminos, ni casas... ni libros, ni teatro soportable... Nada bueno no siendo carne...» Y en carta a lord Warden ratificaba tal desdén: «Clima detestable», decía, «con temperaturas que saltan en un día 20º, pero nunca falta polvo y barro para cubrir y salpicar al transeúnte. Además, la jactancia republicana en todo su vigor. Intolerable sitio».

Ponsomby inicia de inmediato sus intrigas. En octubre de 1826, relata a Canning la primera entrevista mantenida con el ministro García. «He celebrado también», cuenta, «acompañado por el señor Parish, una entrevista con el señor García, a quien juzgué con título suficiente para merecer mi confianza y obtener de él informaciones muy útiles, por tratarse de una persona de larga experiencia en los asuntos políticos de este país. Cuando le hube expuesto mis opiniones pude comprobar con gran satisfacción que éstas concordaban en absoluto con las suyas».

Apoyado por García, Ponsomby expone sus planes al presidente Rivadavia. Ponsomby quiere que sea el mismo Rivadavia quien, como cosa propia proponga al Brasil la fundación de un estado independiente en la Banda Oriental. Rivadavia se resiste, temeroso de la opinión pública, a pesar de toda la insistencia del ministro García. Rivadavia quiere, ante todo, que Ponsomby le exponga sus planes por escrito para considerarlos después. «Rehusé hacerlo así», dice Ponsomby a Canning, «diciendo que yo sólo había actuado como un amistoso consejero».

Durante todas las tramitaciones el ministro García sigue siendo el agente predilecto de Ponsomby. «He hecho diversas tentativas para poner en práctica sus instrucciones», escribe a Canning, «y celebrado frecuentes entrevistas con el señor García, cuya completa coincidencia con todas mis opiniones sobre la política que debe seguir este país, lo indicaban como particularmente apropiado para ser utilizado. Su influencia y habilidad, lo hacen la fuerza propulsora de la causa en cuyo éxito estoy empeñado y yo debo a él, en gran parte, el resultado que he logrado...»

A fines de 1826 las negociaciones siguen en un punto muerto, porque el emperador del Brasil no ha cejado en sus pretensiones. En diciembre 4 de 1826, Ponsomby parece dispuesto a apresurar la maniobra e insinúa a Canning la conveniencia de una ayuda más eficaz. «Una muy pequeña fuerza derrotaría aquí a los brasileños y esto podría cambiar completamente la faz de la contienda. Hay esperanzas de que Baring y Cía. obtengan un pequeño empréstito para la república». La preocupación inglesa da pronto fruto.

El 9 de febrero de 1827, Brown copa una escuadrilla brasileña en el Juncal. El 20 de febrero de 1827 las tropas brasileñas son deshechas en Ituzaingó. Los agentes ingleses apresuran la maniobra. Lavalleja es instruido en los propósitos que se buscan. Con fecha abril 10 de 1827 escribe Trapani, agente de Ponsomby: «Comprendo que la Banda Oriental podría mantenerse por sí sola como un estado libre, pero, mi amigo, no puedo concebir por qué la república se esfuerza por separar de su liga una provincia que puede considerarse la más importante de todas». Es que en Buenos Aires, la victoria no ha repercutido en el ánimo de los gobernantes. En marzo 9 de 1827, Ponsomby escribe a Canning: «Abrigaba cierta ansiedad sobre cuáles serían los sentimientos del presidente y de su gobierno, después del cambio de circunstancias creado por la victoria de Río Grande. Hice averiguaciones, pero sin admitir que yo creyera posible que el presidente se desviara del proyecto. El señor García me visitó hoy... y me confirmó su firme intención de llevar a efecto con toda estrictez todo cuanto él se había comprometido a cumplir...»

 

Coronando la victoria inglesa

Saltemos ahora sobre la política conocida: Manuel García es enviado como ministro plenipotenciario a Brasil y firma el conocido tratado de paz que entregaba la Banda Oriental. El pueblo de la república por entero se alzó contra el tratado y contra los hombres que lo habían autorizado. Rivadavia trató de desautorizarlo y echar la responsabilidad entera sobre García y sobre lord Ponsomby, pero Ponsomby fue más hábil que él. La comunicación que éste hace a Canning en julio 15 de 1827 es ilustrativa.

Dice así:

«Buenos Aires, julio 15 de 1827

»Exmo señor: En mi despacho Nº 16, puse en conocimiento de V. E. mis presunciones de que, tal vez en fecha próxima, fuera prudente, si no necesaria la presencia aquí de alguna de las unidades navales de S. M. B. y que había escrito al contralmirante sir Robert Otway, informándole de mi opinión y que éste, en consecuencia, había dado órdenes al capitán Coghlan, del buque de S. M. B. Forte, para que procediera como las circunstancias lo impusiesen. Siempre temí que se produjera una penosa crisis en el momento de decidirse la paz o la guerra y supe, a la llegada del señor García, cuando esa cuestión debía ser resuelta, que fuerzas considerables habían sido movilizadas en las provincias y estaban prontas a marchar sobre la ciudad, con el fin de derrocar al presidente, señor Rivadavia. Era imposible aseverar que el presidente no trataría de resistir, o vaticinar cuáles serían las consecuencias de un conflicto armado de los partidos.

»En tal ocasión, el presidente excitó las pasiones populares a un alto grado, por sus artes, practicadas en público y en privado, dirigiendo las cóleras de la extraviada multitud contra el señor García, quien, con razón, temía ser víctima de algún acto violento, y aun por su vida. Envío a V.E. algunos de los ejemplares de los carteles que fueron fijados en los muros y casas de la ciudad, los que, según informes dignos de crédito, fueron colocados por agentes del gobierno e imprimidos en la imprenta oficial

» Ya anteriormente he descripto la contextura moral de los elementos que integran las fuerzas militares, aquí, y la poca confianza que se podrá depositar en ellas, en caso de surgir dificultades. Los diarios propagados por el señor Rivadavia, difamaban constantemente a la legación de S. M, insinuando contra ella las peores sospechas y describiendo sus actos como dirigidos a acarrear deshonor y agravio a la república.

»En fin, era evidente que el supremo magistrado, que debía ser guardián de la paz y de las leyes, estaba estimulando al populacho ignorante al desorden y a la violencia. Yo presentía que. de un momento a otro, podrían ser atacados los súbditos ingleses sus propiedades, y aun insultada la legación de S. M. y que el señor García pudiera ser encarcelado por el presidente, para ser sacrificado a sus actuales propósitos.

»En este estado de cosas, consideré que era llegada la hora de buscar protección, sin hacer ruido; y entonces, escribí al capitán Coghlan, del buque de S.M. “Forte” quien, con su característico celo y energía, inmediatamente penetré con la fragata en el río, habiendo solicitado permiso del almirante brasileño, para cruzar la línea de bloqueo, en virtud de tener que transmitirme, personalmente, asuntos de importancia.

»Cuando llegó el Forte, ya se había producido la derrota del señor Rivadavia, desapareciendo, por consiguiente, el peligro de una visita de las tropas o vagabundos armados de las provincias. Sin embargo, opino que la llegada del barco fue sumamente provechosa, pues mostró, a quienes pudieran pensar en cometer atropellos, que sus actos no quedarían en la impunidad.

»El señor García también pareció haber recobrado ánimo y manifestó su intención de defenderse, lo que no había querido hacer antes, siendo esta actitud el primer contraste sufrido por el estúpido y violento clamor de guerra. El Forte partió de aquí el 7 del actual.

«Me permito expresar mi reconocimiento al capitán Coghlan por su celo y actividad, a los cuales somos deudores de segura garantía contra atentados o injurias.

»Tengo el honor de saludar a V. E., etc., etc.

»Firmado John Ponsomby».

 

Diez días después, Rivadavia caía para siempre en el más terrible silencio. Como un nuevo judío errante, sobre él pesó la maldición de la diplomacia inglesa.

Un nuevo gobernante se ha hecho cargo de la provincia de Buenos Aires, al derrumbarse el orondo y deleznable edificio de la presidencia. Es el coronel Manuel Dorrego. Dorrego es un militar impetuoso de gran sentido nacional, que ha hecho una campaña terrible para conseguir la anexión del Uruguay y ha atacado a Rivadavia por su debilidad en ese asunto. Ponsomby lo ve ascender como un enemigo: «Mi propósito, escribe a Dubley el 1º de enero de 1928, es conseguir medios de impugnar al coronel Dorrego si llega a la temeridad de insistir sobre la continuación de la guerra, después de tener a su alcance los justos medios para hacer la paz». Los justos medios, según Ponsomby, era ratificar la independencia del Uruguay a la cual se oponía Dorrego «furiosamente» según su propio ministro de Hacienda. Pero Ponsomby trabaja rápidamente. El día 2 de enero ya escribe a Canning... «me parece que Dorrego será desposeído de su puesto y poder muy pronto. Sus amigos personales comienzan a abandonarlo. El partido opuesto a él parece esperar sólo noticias de Córdoba para proceder contra él». Pero no es sólo contra Dorrego contra quien conspira Ponsomby. No pierde de vista que el gobierno del Brasil es terco en su resistencia y tiende a socavarlo. En febrero 12 de 1828, escribe a Dubley: «Bonifacio Andrada partió en diciembre a bordo de un corsario y fue desembarcado en la provincia de San Pablo. Mientras estuvo aquí concibió o maduró la conspiración de la cual agrego toda la información que he logrado. La conspiración, se dice, se extiende a todas las regiones del Brasil. Los descontentos han ganado a las tropas alemanas en Pernambuco, unos mil hombres... También fueron ganadas las irlandesas, últimamente llegadas a Río.., los alemanes e irlandeses serán pensados con campos y dinero... Se supone que el emperador carece de tropas nacionales para sostenerse.., se intenta secuestrarlo, pero solamente en caso de resistencia matarlo.., se abolirá la monarquía y se crearán cinco repúblicas...» Y esta observación notable: «El emperador tal vez pudiera detener el golpe meditado si concertara de inmediato la paz con el general Lavalleja...»

El 9 de marzo de 1828, Ponsomby comienza a comprender que no podrá doblegar fácilmente a Dorrego y que éste es enemigo peligroso y escribe: «Es necesario que yo proceda sin un instante de demora y obligue a Dorrego a despecho de sí mismo a obrar en abierta contradicción con sus compromisos secretos con los conspiradores y que consienta en hacer la paz con el emperador... La mayor diligencia es necesaria.., no sea que esta república democrática en la cual por su verdadera esencia no puede existir cosa semejante al honor, suponga que puede hallar en las nefastas intrigas de Dorrego medios para servir su avaricia y su ambición...» Avaricia y ambición llamaba el desenfado del lord al deseo de conservar a su propio territorio.

El 5 de abril de 1828, Ponsomby comunica a Dubley que Dorrego está ahogado por falta de fondos y que ha presionado sobre él con los comerciantes locales, todos agentes de casas inglesas. «No vacilo —dice— en manifestar que yo creo que ahora el coronel Dorrego está obrando sinceramente en favor de la paz. Bastaría una sola razón para justificar mi opinión: que a eso está forzado... está forzado por la negativa de la junta, de facilitarle recursos, salvo para pagos mensuales de pequeñas sumas... y están forzados por la certidumbre de que si resisten una paz honorable y ventajosa serán derrocados...»

Estas expresiones de Ponsomby son extraordinarias y muestran hasta que punto se ejercía y se ejerce el dominio de la Gran Bretaña. El Banco Nacional exhibe en este momento todo su poder ejecutivo.

Finalmente el 27 de agosto de 1828 se firma el tratado de paz que segrega para siempre del territorio argentino a la Banda Oriental del Uruguay.

Poco después, ello de diciembre de 1828, Dorrego es derrocado por Lavalle, según desde el mes de abril lo había anunciado Ponsomby. «Es versión corriente que el coronel Dorrego será derrocado de su puesto de gobernador, etc., tan pronto como la paz se realice». Dorrego es fusilado en Navarro por su antiguo compañero de armas, ¿qué secreto se llevó a la tumba? Quizá sólo el hecho terrible para Inglaterra de ser un patriota y de ser suficientemente entero. Así ha obrado siempre Inglaterra dentro de nuestro país y en todas las actividades: lo que no corrompe, lo destruye. Pero todo tiene un limite.

 

NOTA: Los subtítulos son agregados por la redacción de ArgentinaOculta