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Una cena en la costanera con los conductores de televisión.

Por el Dr. Julio C. González.

Caía la tarde del 24 de mayo de 1974 cuando, otra vez, e ministro López Rega me convocó a su despacho, donde también se hallaba su secretario, Carlos Alejandro Gustavo Villone, que era al mismo tiempo secretario de Coordinación y Programación de Bienestar Social, es decir, una especie de viceministro. Junto a ambos estaban sentados en franca tertulia destacados locutores y animadores del ambiente radial y televisivo: Juan Carlos Mareco, Juan Carlos Rousselot, Jorge Conti y Antonio Carrizo. Mareco había actuado en la década de los cincuenta con el nombre artístico de Pinocho, Juan Carlos Rousselot era un conocido locutor de televisión que había proclamado en 1963 la fórmula electoral Illía-Perette. Conti, también locutor de televisión, había adquirido renombre por haber acompañado a Perón en su primer viaje de regreso a la Argentina, durante el cual le preguntó: “General, ¿usted por qué no tuvo hijos?”. La atrevida pregunta se difundió en todo el ámbito del chismerío político porteño, y la respuesta anodina del interrogado mostró a un Perón perplejo frente a las nuevas generaciones que habían achicado considerablemente las distancias del respeto reverencial al que estaban acostumbrados nuestros prohombres públicos.

Al ingresar al recinto, saludé a López Rega con mis hábitos protocolares de viejo cuño, de los cuales ni en la cárcel he podido desprenderme.

-Buenas noches, Excelencia.
-Sí, te voy a dar, “Excelencia”. Sentate -me respondió el ministro. Y siguió hablando con sus visitantes.
El objeto de la reunión era ofrecerles la intervención en los canales de televisión para encarar la conducción e implementar el proyecto de creación de la gran empresa nacional de radiotelevisión y producción de programas. El ministro habló del tema de la televisión y de su importancia como medio de formación e instrucción de los pueblos. Pero proliferó en referencias espiritualistas y se refirió también a su ascenso a Comisario General de la Policía Federal recientemente otorgado por decreto firmado por el presidente Perón y el ministro del Interior Benito Llambí. Lo justificó diciendo que Hipólito Yrigoyen también había sido comisario. Era clara, pues, su pretensión de seguir igual destino: de la comisaría a la presidencia de la República. Yo permanecía callado, con la papelería del tema de los canales entre las manos. Todos los demás se deshacían en halagos y en sonrisas de asentimiento hacia todo lo que decía el hombre fuerte del país.

-Ahora, Gonzalito, explícales vos los aspectos jurídicos de los canales de televisión -me dijo interrumpiendo bruscamente su propio monólogo. Comencé mi exposición, pero no pude continuarla. López Rega me interrumpió y siguió hablando de espiritualidades. Era un obsesionado por los demás esotéricos, pero faltaría a la verdad si no dijera que el tema, por lo extraño y novedoso, unido a la amena narrativa del expositor, causaba interés a la vez que daba al ministro la imagen de pastor de alguna extraña secta religiosa, pero puramente convencido en su fe. Algo por cierto muy distinto de lo que los diarios decían de él, del juicio necrológico con que la opinión pública lo lapidaba por cualquier motivo y de la pobre imagen que él mismo ofrecía cuando pontificaba sobre temas que desconocía: cuestiones referidas a gobierno del “más acá” a las cuales debía dar solución y no relacionarlas con Más Allá, donde parecía no haber problema alguno.

Era ya muy entrada la noche y el monólogo se prolongaba.

- ¿Qué les parece si vamos todos a cenar? El ministro invita -dijo de repente interrumpiéndose a sí mismo. Yo respiré aliviado porque a fin podría volver a mi despacho, donde me esperaban mis colaboradores con pilares impresionantes de expedientes.
-La invitación es para vos también, pibe. Dejá todo y vení con nosotros.

Fuimos en una larga caravana de automóviles hasta la costanera. Era la víspera del 25 de mayo y los restaurantes estaban atestados. La custodia numerosa del cuestionado ministro encontró un lugar que consideró adecuado. López Rega ocupó, obviamente, la cabecera de la mesa. Yo quedé sentado en el extremo opuesto de la mesa. Los laterales quedaron para Mareco, Carrizo, Conti y Rousselot. El público observaba con curiosidad a López Rega, pero con una curiosidad no exenta de indiferencia. Dialogó con Mareco recordando sus actuaciones cómicas en los primeros tiempos de la televisión que veíamos siendo chicos en la década de los cincuenta. López Rega hizo un elogio de mi persona. El bullicio y la somnolencia de la madrugada, además de la distancia que nos separaba de uno a otro extremo de la larga mesa, me impidieron escuchar qué dijo.

-El ministro está hablando de usted, doctor -me advirtió Mareco.

Levanté la vista y asentí con la cabeza. López Rega me saludó levantando su copa. A las doce de a noche, como era costumbre en la Argentina al comenzar la hora cero del aniversario patrio, se cantó el Himno Nacional. Aún tengo presente aquella escena en la que el todopoderoso y hoy olvidado ministro me hizo partícipe de un tramo de escalones de mi vida por los cuales ascendí y descendí como un relámpago. En casa tenía la fotografía de esa cena. La única que tuve junto a López Rega. La barbarie de la madrugada del 24 de marzo que descuartizó la biblioteca de mi casa debió de haberla aniquilado. Un recuerdo gráfico que por ahora no he podido borrar de mi memoria.





Nota: Textos extraídos del libro Isabel Perón. Intimidades de un gobierno. Autor Julio González, Editorial El Ateneo. Págs. 77-78

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