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No creáis nada por el simple hecho de que muchos lo crean o finjan que lo creen, creedlo después de someterlo al dictamen de la razón y a la voz de la conciencia. Buda.

DE LA SOCIEDAD PRIMITIVA A LA ACTUAL LAS PRIMERAS SORPRESA.

Por Dr. Mauricio Prelooker
(ED. Del encuentro Pág. 66 a 73)


Ahora será necesario internarnos en un terreno que nos enseñará mucho sobre los problemas de esta época y sus diversas salidas posibles. A veces se habla en términos vagos e imprecisos de una era en que reinaba la prosperidad, se trabajaba cuando se tenía ganas o no quedaba otro remedio, caía mana del cielo, los alimentos abundaban y se distribuían en forma equitativa. Los ancianos, los niños y los más débiles eran tratados con respeto y ayudados, esas “leyendas” sólo merecen comentarios sarcásticos de quienes creen saberlo todo.

Se trataría de mitos, fábulas y proyecciones de los deseos insatisfechos del hombre de hoy –sumergido hasta el cuello en una economía donde todos los bienes se han vuelto “escasos”- hacia un pasado de abundancia nebuloso y supuestamente feliz, pero irreal.
En suma, no habrían existido no la edad de Oro; ni el Edén; ni el Paraíso Terrenal; ni la Tierra Sin Mal de la cultura guaranítica, donde no había muerte ni guerras y los bienes eran distribuidos a manos llenas entre todos, lo cual impulsaba a los belicosos tupí-guaraníes a buscar esa morada bienaventurada a través de peregrinaciones agotadoras por toda la cuenca del amazonas; ni el El Dorado, donde todo se convertía en oro; ni la fuente de Juvencia, que busco en vano Juan Ponce de León, el descubridor de la península de Florida, en sus largas marchas por los llanos del Missisippi, etc.

Mas aun, debería estar prohibido hablar de esos temas. Se debe considerarlos simples espejismos. Según estas “realistas” nunca pudieron ni debieron existir, incluso si se probara su existencia, habría que negarla, pues en caso de aflorar la verdad esencial que transmiten esos relatos, quedaría minado el petrificado discurso actual del poder, que justifica la apropiación de los bienes de este mundo por unos pocos, y para el cual la escasez lo rige todo, y debe continuar rigiéndolo.

Sin embargo, en los últimos tiempos comenzaron a circular noticias sorprendentes para los escépticos. El estadounidense Marshall Sahlins, la mayor autoridad mundial en antropología económica, demolió con argumentos irrebatibles la difundida, pero inconsistente fábula “científica” sobre la miseria de los hombres “primitivos”, según la cual no morían de hambre solo a costa de un inmenso esfuerzo. Su subdesarrollo técnico les habría impedido un excedente social y acumular un stock suficiente para garantizar la vida y e el porvenir inmediato. La economía primitiva habría sido una economía de la miseria, del hambre, de la carencia permanente, de la muerte inminente para todos sus miembros.

Sahlins los enfrentó con los hechos. Estudió algunos entre los grupos primitivos más desprotegidos de la tierra, que recorrían lugares inhóspitos, poco aptos para subsistir. Esos seres humanos, al parecer desvalidos, son los cazadores-recolectores de los desiertos de Australia, la llamada Tierra de Arnhem y los bosquimanes de África del Sur, cuyo “hábitat” es el desierto de Kalahari, donde nadie debería poder sobrevivir mucho tiempo. Aquí comienzan las sorpresas. Sahlins descubrió que el tiempo dedicado por esos “salvajes” a la recolección y la caza no concordaba en absoluto con los preconceptos habituales. Lejos de pasarse el día entero buscando alimentos, esos supuestos miserables emplean cinco horas por día y muchas veces bastante menos a pesar de lo cual aseguran sin ningún problema la subsistencia de todo su grupo social.

Más aún: casi nunca el trabajo se desarrolla en forma continua e infatigable, a la manera “moderna”. Los “salvajes” se cansan con rapidez y se toman todo el tiempo necesario para descansar a sus anchas. Realizan frecuentes pausas, matizadas por chistes, charlas, paseos e incluso danzas y fiestas donde se traban relaciones y se forman parejas. Por otra parte, su “trabajo” tampoco abarca la totalidad del grupo: los niños y los jóvenes raras veces participan. La economía de estos “salvajes” no fue ni es, allí donde subsiste, una economía de la miseria. Por el contrario, en la sociedad primitiva reinó una economía de abundancia.

Pero pronto el antropólogo estadounidense se topó con otra “sorpresa” de marca mayor. Aunque la producción primitiva asegura en corto tiempo la satisfacción de las necesidades materiales, funciona sin llegar nunca, ni mucho menos, al límite máximo de sus posibilidades.

Si los miembros de la sociedad primitiva se lo propusieran, obtendrían una producción mucho más abundante. Pero se niegan tercamente a hacerlo. No bien recogen una cantidad suficiente de recursos alimentarios para la jornada, vale decir, en cuanto tienen asegurado su pan de cada día, los nativos australianos y los bosquimanes dejan de cazar y recolectar. ¿Para qué cansarse inútilmente, recogiendo más víveres de lo necesario, lo cual los obligaría a trasladar con gran esfuerzo pesadas provisiones de un lugar a otro, si “los stocks están en la misma naturaleza”?

Por eso, con gran sentido práctico, esos presuntos “salvajes” optan por el descanso, la diversión y la vida social. En lugar de “maximizar” sus actividades, prefieren “optimizar” su vida. Quieren ser felices ahora. Como lo señala El antropólogo francés Pierre Clastres, forman parte de una sociedad antiproductiva. El lucro no entra en sus planes de vida y no le interesa, es cierto. Pero si no “rentabilizan” su actividad es porque no se les da la gana.

LAS SORPRESAS Y LAS NOVEDADES CONTINÚAN

Pasando de los cazadores-recolectores del Paleolítico a otra etapa más reciente. Sahlins estudió la economía de las sociedades “neolíticas” de los agricultores primitivos, tal como se puede observarla aún hoy en Melanesia, Vietnam o Sudamérica. Esas comunidades producen para su propio consumo y aspiran a la autonomía completa. Con ese fin suprimen toda relación de dependencia con respecto a los vecinos y tratan de satisfacer sus necesidades por sus propios medios. Producen para vivir, no viven para producir.

Evitan así que lo económico se imponga a lo social, ahondando la división entre pobres y ricos, justamente la trampa mortal en que ha caído la sociedad contemporánea. Para encontrar una salida que signifique una vida en plenitud y no la muerte en vida que aflige a la humanidad en estos días, será forzoso reflexionar profundamente sobre este pasado no lejano, en el cual la vida estaba ligada sabiamente con la negación de lo económico como un poder autónomo y preponderante, no con su afirmación monomaníaca.

MAS AUMENTA LA PRODUCTIVIDAD, MENOS SE TRABAJA

Para comprender de qué se trata en realidad, nos ubicaremos en los alrededores del régimen capitalista, a comienzos del siglo XX, en plenos sector campesino de la Rusia zarista. Nuestro mentor será Alexander Chayánov, el eminente economista agrario ruso. Los comentarios que siguen sobre sus investigaciones pertenecen a su admirador declarado, Marshall Sahlins:

“lo que se vuelve evidente durante las crisis es siempre la esencia. La economía tradicional, cuyos objetivos son limitados, insiste en reafirmarse, aun cuando se la quebrante y se la sujete al mercado. Tal vez esos ayuden a explicar por qué motivo el Occidente racional pudo vivir tanto tiempo albergando dos prejuicios contradictorios respecto de la capacidad de los “nativos” para el trabajo.

Por un lado, la antropología vulgar sostenía que esos pueblos, a causa de su incapacidad técnica, debían trabajar constantemente, tan sólo para sobrevivir, por el otro, era evidente que los “nativos” eran congénitamente haraganes... reclutados para trabajar en las plantaciones, con frecuencia se mostraban reacios cundo se trataba de realizar un trabajo constante.

Inducidos a cultivar productos de fácil salida, no reaccionaban adecuadamente ante los cambios del mercado. Como su interés primordial era la compra de artículos para el consumo, producían menos cuando los precios de las cosechas eran más altos, y más cuando los precios caían. La introducción de nuevas herramientas o de plantas que podían aumentar la productividad acortaba el tiempo de trabajo necesario. Pero en ese caso las ganancias eran absorbidas más bien por la ampliación de los periodos de descanso.”

Sahlins señala que en esa sociedad de “haraganes” el trabajo no es intensivo sino intermitente. Cualquier alternativa puede interrumpirlo, desde un ritual importante hasta un simple aguacero. Como solo se sienten motivados a producir para vivir, los miembros de esas comunidades rurales se detienen no bien estiman que su objetivo ha quedado satisfecho. Nadie los obligara más de lo estrictamente indispensable. Es obvio que son personas muy inteligentes y sensatas.

Chayánov había observado que en las granjas familiares rusas el porcentaje del trabajo realizado con un ritmo intensivo era mucho menor que si en esas granjas se hubiese utilizado toda la capacidad laboral que tenían a su alcance.

Las familias campesinas disponían de grandes reservas de tiempos. Este economista demostró que a medida que la productividad aumentaba, la intensidad del trabajo y el tiempo que se le dedicaba disminuían.

Sahlins sintetizó así el hallazgo: en la comunidad de grupos domésticos productores, cuanto mayor es la capacidad relativa de trabajo de la unidad doméstica, tanto menos trabajan sus miembros. En homenaje al gran economista ruso, Sahlins designo este fundamental descubrimiento como la “regla de Chayánov”.

En síntesis, desde el Paleolítico y el Neolítico hasta las comunidades rurales de hoy, distribuidas en toda la periferia de la economía de mercado, los integrantes de la sociedad tradicional intentan vivir tranquilos, mientras puedan y los dejen, trabajando en la menor medida posible.

Su objetivo primordial consiste en satisfacer sus necesidades básicas sin esforzarse demasiado, y en eludir cualquier motivo de conflictos en el seno de la comunidad. Ese firme propósito los induce a restringir en forma deliberada la producción de excedentes: es una verdadera autorregulación social.

Con gran sentido práctico, evitan cualquier trabajo intensivo y agotador que pueda provocar recelos, rencores y tensiones indebidas. “la sociedad primitiva admite la penuria para todos, pero no la acumulación por algunos”.

Conviene aclarar que se trata de una sociedad horizontal, donde todas las decisiones fundamentales se toman en común.